miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ante la ausencia de ETA ya se han sacado de la manga el nuevo terrorismo: el mediático.

Al margen de la justicia

Publicada 30/11/2016 a las 06:00Actualizada 29/11/2016 a las 20:06  

Existe un palo flamenco que se llama mirabrás y una de sus letras más conocidas reza: “Y a mí qué me importa que un rey me culpe si el pueblo es grande y me abona. Voz del pueblo voz del cielo”.

Don Antonio Chacón se convirtió en el gran recopilador de letras y cantes y la hizo popular en los tablaos de Madrid en tiempos de Alfonso XIII. Muchos encontraban en esos versos un desafío a las leyes vigentes reivindicando el poder del pueblo como moralmente superior al que ejercían los reyes.

En el afán irredento de alcanzar la impunidad que llevan adelante los que han esquilmado lo público, en una especie de venganza contra esa democracia que les arrebató el poder absoluto del que han disfrutado a lo largo de la historia, el actual ministro de Justicia quiere aportar su granito de arena para que los poderosos vivan al margen de esa entelequia que, como aquella que afirma que “Hacienda somos todos”, reza que “la justicia es igual para todos”. Je, je je.

Con cara de buen chico, de no haber roto un plato, dice barbaridades que sobrepasan la cautela y la prudenciaexigibles a alguien que ejerce ese cargo tan delicado y del que depende la credibilidad y calidad del Sistema en el que nos ha tocado vivir.

Como en la letra del mirabrás, el ministro de Justicia opina quela responsabilidad política “en nuestro sistema se salda con ocasión de las elecciones… ha habido ocasión para que los ciudadanos emitan su veredicto”. Ese código moral deriva en la impunidad, precisamente la carcoma de la institución que preside el ministro. Esa interpretación del voto como una absolución, hecha por un ministro de Justicia adquiere especial gravedad. La regeneración de esta organización política, el PP, como vemos, no está prevista. Nos quieren hacer creer que las cosas no ocurren, al tiempo que prohíben el consumo de drogas. Nos lo ponen muy difícil. Según su peculiar manera de entender la democracia, alguien puede cometer tropelías, que si los ciudadanos le votan, como en el cante, lo sitúan por encima de la ley y moralmente está legitimado para seguir actuando a su manera. El voto les eleva a un plano superior a cualquier otro código moral, por encima de lo que pueda dictar el sentido común, que tanto gusta a Rajoy; el más elemental sentido de la honradez, que tanto gusta a los ciudadanos que padecen las consecuencias del latrocinio de esta agrupación, o el sentido de la vergüenza del que carecen de una forma tan característica y generalizada que debería ser estudiado por algún aula de psiquiatría. Esta jeta no es común, habría que visitar la sala griega del Museo Británico para encontrar una colección de rostros de tamaña consistencia.

A título personal se expresa en una admiración sorprendente por la figura política de Rita Barberá sentenciando que "cada uno tendrá sobre su conciencia lo que ha hecho y ha dicho de ella, las barbaridades que se le han atribuido sin ninguna prueba y justificación". Sin duda se trata de una amnesia puntual debida a algún fallo en el riego cerebral lo que le lleva a pronunciar esas palabras, porque de otro modo, si de verdad piensa lo que dice, es decir, que es inocente, debería haber hecho algo para que pudiera demostrar esa inocencia ante los tribunales. Creíamos que lo denombrarla miembro de la Comisión Permanente del Senado para que no perdiera su aforamiento en el periodo entre dos legislaturas era sólo parte del juego sucio al que con tanta frecuencia recurre este Gobierno y al que no nos queremos acostumbrar, precisamente, para que la Justicia no pudiera actuar en su caso. En aquel momento fue una medida excesivamente profiláctica ya que todavía no estaba siendo investigada, ni imputada, ni se la relacionaba con la operación Taula, por lo que ellos sabían algo que nosotros ignorábamos. Deben de tener a su servicio una pitonisa de gran efectividad o, simplemente, creían lo mismo que el resto de los mortales, que el cerco se estrechaba y que era imposible que todos los que la rodeaban, personas de su máxima confianza, estuvieran haciendo el mal sin que ella, cabeza visible del PP desde siempre, “la mejor” según Rajoy, se enterara de nada. Los que venden la buena gestión nombran a mangantes que ejercen con descaro el choriceo sin que salten las alarmas del que los nombra. En Madrid pasa lo mismo con Esperanza Aguirre y su colección de batracios que saltan del cieno a palacio para que la marquesa que afirma que nadie debe estar más de ocho años viviendo de lo público (¿es o no es una cachonda?) les dé la bendición y los convierta en príncipes, cosa que, dicho sea de paso, sólo pasa en este nauseabundo cuento con el que nos obligan a comulgar. Nadie sabe nada del dinero que desaparece delante de las narices de los responsables de la administración de los fondos públicos. Como tienen fe en el más allá, tienen fe en los cargos que nombran y no sospechan nada. No se les puede criticar por tener fe. La fe mueve montañas y también transfiere fondos allende nuestras fronteras.

El cerco, en efecto, se estrechaba en torno a Rita, y este blindaje molestó a algunos de su camarilla.  Varios miembros de su partido, antaño colaboradores suyos, la señalaron como responsable del tema de blanqueo de dinero, cuando se enteraron de que se iban a comer el marrón en solitario.

Todo tenía un sentido, en tanto actúan como banda, no olvidemos la segunda parte del glorioso SMS de nuestro presidente, la que dice: “Hacemos lo que podemos”. Es decir, ellos, en comandita, en grupo, no es el mensaje del amiguete Mariano para dar ánimo a un colega que lo está pasando mal, sino el de alguien que representa a un grupo que trabaja en algo para intentar solucionar un problema. La cuestión es que Bárcenas ya estaba en manos de los jueces y sólo se podía trabajar presionando a los magistrados, o de otra manera que a mí se me escapa, a no ser que Rajoy hubiera mandado una legión de zapadores para hacer un túnel que procurara la fuga de Luis, al que algunos de los suyos dicen que le llamaban “el Cabrón”, y otros que no, y dicen que hay más, por lo visto, que merecen ese apodo.

La cuestión es que si creemos al ministro cuando una vez fallecida Rita Barberá carga contra los que la critican “sin motivo” porque, a su parecer, es inocente, y a la vez trabaja en comandita con el grupo a través de maniobras torticeras para evitar que pueda demostrarlo ante un tribunal, sólo nos queda pensar que Catalá no confía en la justicia, y eso es peor, porque siendo el ministro del ramo debe saber de qué habla, y si la fallecida exalcaldesa de Valencia, con el ministro de Justicia de su lado, no puede tener un juicio con todas las garantías que exige nuestra Constitución, ¿quién podría tenerlo?

Para rematar la faena, el ministro, preguntado por la financiación ilegal y los pagos en negro, dice: “la corrupción es de personas, no de organizaciones”. ¡Qué más quisiéramos! ¡Ojalá los mensajes y las consignas internas fueran en singular y no en plural!

Adelanta más sustos en su carrera por el blindaje de los suyos. Quiere limitar la acción popular en los juicios y que sea el ministerio fiscal el que lleve a cabo la investigación y que la policía judicial esté a su servicio. La acusación particular es la que ha permitido que se lleven adelante juicios como el de los fondos reservados, NoosBankia, en los que la fiscalía en algunos casos no sólo no veía nada sino que se pronunciaba a favor del acusado con mayor vehemencia que los abogados. Recordemos que es una institución jerárquica que depende del Fiscal General que es nombrado por el gobierno y que en más de una ocasión ha dado la orden de retirar la acusación de casos sorprendentes y, casualmente, siempre a favor de obra. Los fiscales deben acatar la orden de su superior. Eso salvó a Pujol en su día de lo que ahora se le juzga.

Estamos ante un ministro que trabaja por la impunidad de los suyos, y como el resto de sus compañeros, a la hora del fallecimiento de Rita Barberá salió a gritar las consignas que evitaran que su muerte se volviera contra ellos. Uno: era una de los nuestros. Dos: nunca la hemos abandonado. Tres: la expulsamos para protegerla. Cuatro: era inocente porque nunca hizo nada punible. Cinco: dentro de una hora queremos un minuto de silencio, aunque sea saltándose las normas del Congreso. Era una orden de Rajoy y la señora Pastor se limitó a obedecer la voz de su amo.

Todo un paradigma de actuación cuando sólo había pasado una hora del fallecimiento. Gente que sabe sacar tamaño rédito de la muerte de una compañera vilipendiada por los suyos que murió marginada, es difícil de concebir, pero esa frialdad y claridad de pensamiento ante el olor de la sangre, como también vimos tras el 11–M, es de caballo ganador. El mundo es de los crueles y los intransigentes, juegan con ventaja.

Ahora, después del aluvión de propaganda para restituir el honor de la exalcaldesa de Valencia toca fabricar desde las instituciones un sistema en el que ese tipo de política, la de Rita Barberá, sea legítima. Así ahorrarán problemas.

Toca levantar el muro de la impunidad que el ministro Catalá, trabajando para el partido, no para los ciudadanos ni la justicia, está levantando sin licencia y en un terreno en el que no se puede construir pero que, siguiendo su tradición, intentarán privatizar del todo.

Como llamar terroristas a estos seres amorales que condenan a muerte a los servidores públicos sin pruebas ni motivo es muy fuerte, también está acuñado el término que dentro de poco será coloquial para definir a los que denuncian el latrocinio generalizado: Hienas.

Ante la ausencia de ETA ya se han sacado de la manga el nuevo terrorismo: el mediático.

La información mata. Por eso escribo en opinión
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