martes, 22 de noviembre de 2016

Así es como los lobbies han arruinado tu alimentación

¿Crees que debes reducir grasas y hacer más ejercicio
 para adelgazar?
 Quizá te interese saber que eso es un mito de la industria
para no señalar a los verdaderos culpables


Foto: Margaret Chan - OMS
Margaret Chan - OMS
Actualmente muere más gente por obesidad que por hambreUn tercio de la población mundial sufre, como mínimo, sobrepeso (se considera sobrepeso contar con un IMC > 25). Ningún gobierno del mundo ha conseguido reducir esta lacra en las últimas 3 décadas y, según McKinsey, en el 2030 a la mitad de la población mundial le sobrarán kilos. La obesidad es, de hecho, uno de los principales costes de nuestros sistemas sanitarios y no para de aumentar. Da igual que hablemos de países desarrollados o emergentes, estamos ante una epidemia silenciosa y global. ¿Qué está pasando?
Puede que el primer culpable en nuestra mente sea el sedentarismo pero, paradójicamente, hacemos más deporte y vamos más al gimnasio que nunca. Puede que el segundo teórico culpable sea la ingesta excesiva de grasa, al fin y al cabo cuando miramos nuestros michelines es lo que vemos, y si está ahí será porque antes la hemos comido. O quizá culpemos al exceso de calorías en nuestra dieta diaria: si comemos más calorías de las que necesitamos la diferencia se acumula en grasa, o eso dicen las creencias populares.
Yo también lo creía. Creía que el sobrepeso y la obesidad eran por no cuidarse lo suficiente, y que, cuando alguien afirmaba seguir una dieta relativamente saludable y ganar peso de igual forma, simplemente no estaba diciendo toda la verdad. Como a mí no me pasaba, creía simplemente que otros no hacían lo suficiente. Pero me equivocaba, como así pude comprobar tras meses y meses leyendo estudios científicos sobre nutrición. Mi conclusión actual es que casi todo lo que creemos saber sobre cómo alimentarnos no es correcto y, además, sí existen unos culpables claros en la epidemia de la obesidad.



Puede parecer extraño tratar un tema así en una sección de economía, pero el hecho es que me siento en la obligación de contar lo aprendido, aun siendo una ‘verdad incómoda’. Además, no podríamos estar ante un tema más económico pues, si las cosas son como son es, seguramente, por la fuerte presión que han ejercido los lobbies de la industria alimentaria en las últimas décadas. Si a eso le añadimos a gobernantes que han preferido velar por ciertos intereses privadosen lugar de por la salud pública, y científicos que venden su voz a cambio de considerables sumas de dinero, ya tenemos el guion de esta historia.
Lo que la evidencia científica independiente parece decir en los últimos años es queel gran problema son el azúcar y las harinas refinadas. Cuando tomamos una dosis de azúcar añadido (o de sucrosa, o fructosa, o glucosa, o dextroxa, o lactosa, o maltosa, o jarabe de maíz, o maltodextrina… o alguno de los cientos de nombres que existen para que no sepas lo que estás tomando cuando compras un producto procesado) o de harina blanca refinada (productos procesados, pan, arroz, pasta y cereales no integrales) lo que provocamos en realidad en el cuerpo es una reacción en forma de insulina, derivada del alto índice glucémico y alta carga glucémica de estos alimentos.
Cuando obtenemos energía por medio de las proteínas y las grasas no se produce este efecto, obteniendo una liberación más progresiva y que, por tanto, compensamos con nuestra actividad diaria. Lo mismo ocurre con los hidratos de carbono con bajo IG. Sin embargo, en el caso de los azúcares y las harinas refinadas, el proceso es tan rápido que el efecto es una transformación rápida en grasa abdominal (con el incremento de riesgo para nuestra salud que eso conlleva: enfermedades cardiovasculares, diabetes e incluso cáncer).



Por ello, aunque parezca contraintuitivo, tendremos menos grasa tomándola directamente que ingiriendo azúcar o harinas refinadas. De hecho, solo las grasas ‘trans’ son claramente negativas, no existiendo evidencias en las demás (o incluso considerándose positivas, recordemos por ejemplo el aceite de oliva).
Existen polémicas sobre innumerables cuestiones: sobre los productos integrales, sobre los lácteos, sobre la carne roja, sobre los edulcorantes, sobre tomar más o menos hidratos de carbono… Sin embargo, por lo que respecta a nuestros ‘amigos blancos’, cada estudio o libro publicado en los últimos meses no financiado por la industria es claro: el azúcar blanco y las harinas refinadas son un culpable claro de la epidemia de la obesidad. Si la evidencia parece tan rotunda, ¿por qué los gobiernos no toman cartas en el asunto? ¿Por qué no se modifican los patrones recomendados de las ‘dietas saludables’? ¿Por qué la población no sabe cómo cuidar su alimentación?
Voy a contar una breve historia que quizá ayude a entenderlo. A partir de los años 50, en Estados Unidos empezaron a publicarse estudios señalando al azúcar como un elemento nocivo para la salud, algo que inquietó a la industria: su reducción en la dieta diaria podría perjudicar sus beneficios. Por ello se ofrecieron a ‘colaborar’. Por ejemplo cuando el azúcar se señaló como culpable de la caries, la industria ‘colaboró’ con el Insituto Nacional para la Investigación Dental, quién aceptó el 78% de sus propuestas y abandonó toda intención de limitar el azúcar.
Cuando las evidencias se hicieron aun más fuertes, y los estudios comenzaron a relacionar la ingesta con la obesidad, los lobbies ‘promocionaron’ su propia teoría:el culpable de la obesidad no era tanto el azúcar como las grasas saturadas. Hasta hoy, y eso que no existe evidencia en contra de las grasas saturadas. Así, los gobiernos aceptaron la hipótesis y se estableció que lo correcto era reducir las calorías de los alimentos y reducir sus grasas, aun a costa de aumentar el azúcar añadido. Algo que perdura hoy en día, puesto que detrás de cada alimento ‘bajo en grasa’, existe en realidad uno ‘alto en azúcar’ (o cualquier otro sinónimo), nada recomendable para bajar de peso, por cierto.



Cuando las evidencias se hicieron aun más sólidas, la industria comenzó a contar con personajes más renombrados, contratando a científicos de Harvard para velar por sus intereses. Tal era la influencia de sus lobbies que rápidamente se expandió la idea por todo el mundo: si quieres adelgazar come menos grasa y haz deporte. Y algo parecido se puede decir del trigo, promocionado por departamentos gubernamentales como el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, quien de la noche a la mañana se convirtió en un oráculo de la nutrición, a pesar de que su función era la promoción de los productos. La pirámide alimenticia no fue un acto de educación sobre la población, fue un acto de marketing para favorecer la industria autóctona.
Si crees que estamos ante hechos aislados, recomendaría una mayor lectura de la prensa diaria. El pasado mes se descubrió que tanto Coca-Cola como Pepsipagaron a 96 organizaciones sanitarias estadounidenses para silenciar sus críticas sobre el azúcar. Cada vez que alguien abre la boca criticando, las multinacionales hacen presión para hacerlo cambiar de parecer, dándose situaciones tan rocambolescas como ver a la Asociación Americana contra la Diabetes luchando por eliminar un posible impuesto sobre el azúcar. Más criticable aún que las prácticas de la industria, copiadas de las empleadas tabaqueras, es la facilidad con la que se venden los gobiernos y organismos públicos.
Si alguien, a pesar de todas las evidencias existentes, cree que se trata de una conspiración, quizá debería de escuchar a Margaret Chan, Directora General de la Organización Mundial de la Salud. El organismo, que durante años ha suavizado sus posturas al respecto (y recibido millones de euros), afirma ahora (traducción de Juan Revenga) lo siguiente:
[…] En la actualidad las campañas de promoción de estilos de vida saludables y la adopción de conductas para alcanzarlos se encuentran con la oposición de fuerzas que distan mucho de ser “amables”. Más bien, todo lo contrario.
El esfuerzo público dirigido a prevenir las enfermedades no transmisibles [tras hacer una especial alusión a la obesidad, la diabetes y el cáncer] se enfrenta a intereses comerciales de poderosos agentes económicos. En mi opinión, este es uno de los mayores retos a los que se enfrentan las campañas de promoción de la salud.
Tal y como pone de manifiesto la publicación que resume esta conferencia [ver al completo en este enlace] no solo se trata del problema observado en otro tiempo con las grandes tabacaleras (Big Tobacco). Ahora, la Salud Pública tiene que lidiar también con otras industrias en los mismos términos que entonces; se trata de la “Big Food”, “Big Soda” y “Big Alcohol”. Son estas industrias las que en este momento temen una regulación de sus productos por parte de las administraciones sanitarias y las que están recurriendo a las mismas tácticas que antaño puso en práctica la industria tabacalera.
El pasado reciente aporta pruebas suficientes para documentar que estas tácticas por parte de la industria alimentaria ya se han puesto en marcha. Entre ellas, se incluyen la creación de empresas dentro del mismo grupo con una “cara amable”, la creación de grupos de presión [lobby], el realizar promesas de autorregulación, el interponer demandas y el financiar estudios de investigación que lo que consiguen es tergiversar la evidencia y confundir al ciudadano.
Además, este tipo de tácticas también incluye la realización de donaciones, regalos y contribuciones relacionados con causas nobles, o bien vistas por parte de la comunidad, de forma que estas industrias terminan siendo percibidas como corporaciones respetables tanto a los ojos de la ciudadanía como ante los de la clase política. Entre sus estrategias destacan también el hacer descansar la responsabilidad de una mala salud en cada persona, individualmente; así como pretender hacer creer que las acciones de los gobiernos por regular estas cuestiones no son otra cosa sino una forma más de interferir en la libertad personal de cada cual y su derecho a elegir libremente.
La oposición ejercida es de una magnitud formidable. Ya que un amplio poder en los mercados se traduce en poco tiempo en poder político, son pocos los gobiernos que han priorizado las cuestiones de salud frente a los grandes negocios. Tal y como hemos aprendido de experiencias anteriores, como con la del tabaco, cuando una corporación poderosa se lo propone, puede vender casi cualquier cosa a la población.
Déjenme recordarles una cosa. Ni un solo país del mundo ha conseguido darle la vuelta a la epidemia de obesidad en todos los grupos de edad. Esta realidad no es consecuencia de una falta de voluntad individual. Es consecuencia de la ausencia de voluntad política a la hora de meter mano en este gran negocio.
Estoy profundamente preocupada por dos actuales tendencias:
La primera implica la posibilidad de que la industria y las administraciones lleguen a acuerdos “comerciales” fruto de las denuncias de la primera sobre las segundas. En la actualidad, algunos de los gobiernos que han establecido medidas para proteger la salud de sus ciudadanos están siendo llevados a los tribunales por parte de la industria. Y esto es peligroso.
La segunda se refiere al interés que pone la industria para moldear las políticas de Salud Pública, en especial aquellas medidas que afectan a sus productos. Si una industria está involucrada en la formulación de políticas de Salud Pública, tengan la seguridad de que aquellas medidas más eficaces serán o bien minimizadas o bien apartadas en su totalidad. Esta tendencia también está bien documentada y es así mismo peligrosa.
Gracias.
Yo no soy nutricionista, ni médico. No sé de alimentación más que lo que he leído en meses tratando de aprender al respecto. Pueden creerme, o no. Pueden tomar en cuenta los consejos y reducir azúcar y harinas refinadas (las grasas trans también estarían bien), o no. Pero sí sé como actúan muchas empresas, y la conducta de Coca-Cola o Pepsi, o de otros que venden cereales nada saludables, encaja perfectamente con la de empresas que ven como su negocio podría menguar si la población descubre la verdad.
El azúcar o la harina blanca son adictivos, saben bien y son baratos, la industria no está preparada para prescindir de ellos (sus esperanzas a futuro están puestas en los controvertidos edulcorantes). Sin embargo lo más probable es que sean uno de los elementos más perjudiciales que tenemos en nuestra alimentación actual. Lo más probable es que esa tripa que tienes sea su culpa, no de la falta de ejercicio, no del exceso de grasas. Por supuesto que el deporte es sano, y no hay que caer en dietas extremistas, pero va siendo hora de poner las cosas en su sitio y señalar a los verdaderos culpables. ¿Los ciudadanos? No, las mentiras interesadas que nos han contado.

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