martes, 22 de noviembre de 2016

Las estrategias invisibles de subsistencia ante la crisis económica

http://informes.seminaritaifa.org/

AP Photo/Andres Kudacki
Los indicadores económicos y sociales ponen de manifiesto que, con la crisis, se están deteriorando las condiciones de vida de la mayoría de la población. Las altas tasas de paro, los retrocesos salariales y de condiciones de trabajo, los recortes en los derechos sociales, así como muchas otras variables socioeconómicas, indican una caída sin precedentes de las condiciones materiales de vida en el Estado español. La exclusión al acceso a los bienes y servicios que necesitamos, así como la precariedad con la que se obtienen los ingresos, se están extendiendo con fuerza en una sociedad que ya tenía problemas muy acentuados.
No existen demasiados estudios que vayan más allá de las cifras y traten de recoger, de manera sistemática y bajo un análisis económico, los impactos concretos en la vida cotidiana de las personas. ¿Cómo ha cambiado la vida de la gente, su tiempo, su trabajo y cuáles son las principales carencias? ¿Cómo nos lo montamos para tirar adelante con tantas dificultades económicas? ¿Cómo logran los hogares más pobres llegar a fin de mes? ¿Y, ante la agravación de los problemas, por qué no se da un estallido del conflicto social?
La restructuración del capital, para sentar una nueva base de sostenimiento de los beneficios, ha requerido una gran centrifugación de costes hacia las personas en sus múltiples dimensiones: como trabajadoras, como usuarias de los servicios públicos, como consumidoras,… Con la crisis, se está dando un transvase enorme de costes y responsabilidades de la esfera productiva y mercantil, donde el capital está salvando sus beneficios, hacia otras esferas, especialmente la doméstica. El ajuste macroeconómico del capitalismo se está trasladando a ámbitos ocultos de la sociedad, la familia y las personas: se ajusta el carro de la compra, cambia la organización familiar, se acude a las redes de apoyo, se intensifican los trabajos domésticos, se reorganizan los tiempos y se asumen nuevas actividades y habilidades. Solemos explicar que el capitalismo va a salir de la crisis sometiendo a la exclusión a mayores sectores de la sociedad. Así pues, es indispensable ver cómo esta exclusión, o precarización de la vida, implica un traspaso de una extensa carga de reproducción social hacia otras esferas invisibles.
Que las personas, a nivel individual o conjuntamente en sus hogares o redes sociales, desarrollen sus propias estrategias de subsistencia, no quiere decir que cuenten con la capacidad de solucionar sus problemas. Muchas veces estas estrategias de pura supervivencia son muy dramáticas, y en general reflejan una situación muy complicada en que se amplían los esfuerzos de tiempo y emociones en cuestiones que tendrían que estar resueltas si no viviéramos en una sociedad tan cruel y tan injusta. Las implicaciones en términos de calidad de vida, a nivel de salud y también humano, son nefastas. El capitalismo genera unas relaciones económicas de explotación y desigualdad generalizada, que hacen que una población creciente viva en situaciones límite.
El objetivo de visibilizar las estrategias de subsistencia de la población es múltiple. En primer lugar, conseguimos ampliar el análisis económico considerando otros tipos de recursos, servicios, trabajos, intercambios y producciones que quedan al margen de la economía formal.1 Visibilizamos, pues, la huella oculta de la reestructuración del capital. La economía doméstica se nutre de una enorme cantidad de trabajo no mercantil que en su gran mayoría está realizado por mujeres. Se nutre también de otorgar un valor de uso a recursos que han sido desvalorizados en el circuito del capital, y que por lo tanto no generan un beneficio económico en clave de la acumulación del capital, pero sí un uso económico en un ámbito doméstico. Asimismo, incorporamos también toda una serie de prácticas que no obedecen a la lógica de la propiedad privada y que están criminalizadas, legisladas como delitos o faltas en leyes y reglamentos.
Por otra parte, logramos confrontar el ideario tan extendido de que las clases populares “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” y que ahora “debemos apretarnos el cinturón”. Asistimos a un continuo bombardeo ideológico contra las personas pobres, paradas y excluidas en general. Voces que tildan a los parados de vagos tratan de esconder el impacto que tiene en las condiciones de vida el “ajuste” laboral y fiscal, y tratan de hacer ver que simplemente se trata de renunciar a ciertos derroches o “privilegios” (que solamente se merecen unos pocos ricos). En realidad, la crisis está desestructurando las formas de vida de una forma muy grave para su salud física y mental y dificultando enormemente el desarrollo personal y social de las personas. Mientras asistimos a la mayor desposesión de derechos y de recursos que afecta especialmente a la población más vulnerable, se está generalizando un discurso que pretende animarnos a salir de la crisis con esfuerzo, empeño y buena predisposición –siempre en clave individualista–, como si dependiera de nosotras mismas alcanzar los recursos para salir adelante.
Por último, también es interesante estudiar la naturaleza de las estrategias de reorganización de la vida de las personas, para tratar de potenciar aquellos elementos que permitan un avance en la transformación social. En este sentido, avanzamos ya que no vamos a encontrar una amplia respuesta organizada y consciente que se desempeña en proyectos transformadores, salvo algunas excepciones muy interesantes. La situación de pobreza y de pérdida de recursos y derechos no suele ir acompañada de una mayor tendencia a la movilización sino más bien de un sentimiento de vergüenza y fracaso y de un hundimiento personal. Algunos procesos de lucha son capaces de darle la vuelta a este estigma y empoderar a las personas. Además, el sistema de valores imperante en nuestra sociedad se basa en un individualismo y un consumismo extremos, y ha calado muchísimo entre la población. Pero sí que vemos que el apoyo mutuo, la cooperación y la solidaridad están guiando algunas de las estrategias de reorganización social y económica de la gente afectada por la crisis, y que cuando se sufren privaciones económicas, la desobediencia a la propiedad privada y el aprovechamiento de lo común son prácticas integradas en la vida cotidiana.

Cambios en el carro de la compra

Caída y reorganización del gasto

La crisis ha provocado un deterioro del consumo de los hogares. Según la Encuesta de presupuestos familiares, el gasto medio de los hogares ha caído un 27,1% (en términos constantes) del 2007 al 2013. Una caída especialmente intensa, mayor de lo que cabría esperar por la reducción de los ingresos familiares. Las razones para entender esto es que, ante la incertidumbre de perder el trabajo, la gente hizo un esfuerzo por aumentar el ahorro como protección. Después de tocar fondo, el consumo ha empezado a repuntar recientemente, con un incremento suave y a costa de la desaparición del ahorro generado durante este tiempo. El repunte de las compras de los hogares se está financiando principalmente con ahorro y las familias están perdiendo un colchón protector, con lo cual se están volviendo mucho más vulnerables. El ahorro actualmente se sitúa en el 9%, la tasa más baja des del 2006. El desgaste del ahorro está afectando especialmente en los hogares donde algunos miembros de las familias no tienen ingresos. En los hogares más pobres, el desahorro ha llevado a que se hayan vendido todo cuanto no consideran indispensable: muebles, coches, objetos valiosos como joyas o aparatos eléctricos, etc.
Para reducir el gasto, se dejan de comprar cosas pero también se compra diferente. Ahora las compras están mucho más pensadas para gastar menos. Se tiende a comprar de marca blanca y se van a buscar las ofertas y promociones. Se ha diversificado los sitios de compra, comprando más productos de segunda mano y del mercado negro, y se mira más el precio. Las grandes cadenas son quienes han reducido menos sus ventas: el 0,4% el 2013, mientras que las tiendas unilocalizadas lo hicieron un 5,5% y las pequeñas cadenas el 4,8%.((El consumo familiar toca fondo tras perder un 26% en seis años. Cinco Días, 29-1-2014. ))
Los hogares también llevan a cabo una recomposición del gasto, desviando el gasto en ciertos bienes y servicios hacia otros. Las estrategias varían en función de la composición de los hogares. Los unipersonales jóvenes tienden a reducir más el gasto total, mientras que las familias han reorientado el gasto de unos bienes y servicios a otros. Las personas mayores combinan ambas estrategias.2 Las familias de parejas jóvenes sin hijos han recortado menos el gasto. La capacidad de gasto ha empeorado más en los hogares con vivienda en propiedad hipotecada.3 Al mismo tiempo, el consumo de lujo se ha mantenido, y las marcas más lujosas han incrementado su facturación.
Por tipos de productos, la reducción del gasto en transporte ha supuesto el 27,1% de la disminución total del gasto medio por hogar entre el 2007 y el 2013, principalmente por la caída de compra de automóviles. Los vehículos se usan menos, porque han descendido los desplazamientos por motivos laborales pero también por motivos de ocio. Se opta más por transporte público y se comparten los coches, que se llevan a reparar para poder aplazar al máximo la decisión de compra. Por otra parte, la reducción del gasto en hoteles, cafés y restaurantes supone el 16% de la disminución del gasto total y el gasto en ropa y zapatos, el 9,7%. El mobiliario, equipamiento del hogar y gastos corrientes de la vivienda ha presentado la mayor caída del gasto (sin contar los automóviles), con una reducción del 40,3%. Las ventas de electrodomésticos han caído a la mitad, y en el 2014, las ventas repuntaron. La vida útil de estos bienes se acaba agotando y por eso es inevitable reponerlos, aun así, el bajo nivel de ventas refleja que la mayoría de gente sigue optando por arreglar las averías y estirar la vida útil de los aparatos antes de cambiarlos. Por otra parte, este tipo de productos también sufren el impacto de la recesión inmobiliaria, ya que se construyen menos casas. Esto ha incidido, por ejemplo, en la caída de la venta de aparatos de aire acondicionado. Asimismo, el consumo en cultura ha disminuido un 27,7%. Se tiende a acceder a contenidos culturales gratuitos, tanto en libros como en películas y música que se ven y escuchan en casa. En cuanto a los viajes, se disminuye la distancia y se tiende al turismo local. Hay un desvío del consumo de hostelería y turismo medio y alto a un tipo de turismo de masas y con descuentos.
Los alimentos presentan una reducción del gasto menor. Se compra más barato, aprovechando ofertas y pensando en que se va a consumir en casa o en el trabajo para ahorrar en comer fuera. En cantidades físicas, se consume menos de casi todos los productos alimentarios, y los productos que más se dejan de consumir, con reducciones superiores al 20%, son la leche, zumos, carne y pescado.
Por otra parte, se observan dos tendencias contrarias. Algunos gastos que los hogares tienen que destinar a la vivienda se han disparado. El gasto en alquiler de la vivienda se ha doblado (aunque ha disminuido el gasto estimado que correspondería a las viviendas de propiedad, que las estadísticas cuentan como “alquiler imputado”). El gasto en electricidad ha subido el 31,1% y el de recogida de basura, el 16,15%. El gasto medio por unidad de consumo ha crecido en servicios como el alquiler de la vivienda, el servicio de recogida de basuras y suministros de electricidad y agua, el abono del transporte público, la educación primaria y formación profesional y servicios paramédicos. Por otra parte, también se incrementa un gasto de naturaleza muy distinta, el de los teléfonos, principalmente móviles, que se dispara un 73%. Junto con los ordenadores, que también incrementan el gasto, vienen a ser un producto que incorpora más utilidades y cada vez son más indispensables tanto para el trabajo como para la organización familiar y social.

Relaciones de poder en el consumo

Las pautas de consumo persiguen ahorrar en el gasto, que se está recomponiendo en base a prioridades, seleccionando primero lo imprescindible y después destinando el resto del presupuesto doméstico en función de lo que no ya puede esperar o no podemos seguir apañándonoslas sin ello. Las facturas de los suministros y la hipoteca o el alquiler de la vivienda concentran una mayor parte del presupuesto. En estos gastos, tenemos menos margen de adaptación. Aunque gastemos menos luz y agua y vayamos a vivir a pisos más baratos, siempre tendremos facturas que pagar, que se encarecen incluso cuando consumimos menos. No pagarlas tiene como consecuencias una exclusión y un incremento muy grande de la dificultad de la vida diaria.
Las estrategias de reorganización del consumo no son simplemente una manera consciente de consumir eliminando gastos prescindibles o caprichos. Los recortes en la prestación de servicios públicos y la pérdida de ingresos de las familias han llevado a que los presupuestos bajos se haya “redistribuido hacia las partidas consideradas imprescindibles (vivienda, agua o electricidad), llegando a recortar los costes en las necesidades básicas (como la alimentación)”.((Lucía Vicent, Familia: ¿amortiguador o amortiguadoras?, Boletín Ecos Fuhem, No 22, marzo-mayo 2013. )) Por ejemplo, el incremento del copago en las prestaciones de ayuda a la dependencia y teleasistencia ha hecho que muchas personas dependientes no puedan pagar estos servicios y se hayan dado de baja aun cuando los necesitan en su vida diaria. El consumo no es una expresión de las preferencias individuales, como suele decirse en la economía convencional. En él se dan unas relaciones de apropiación de la riqueza, cuando la prestación de servicios o de mercancías básicas está controlada por empresas.
El descenso del consumo no es igual para todos. Los ricos siguen consumiendo productos de lujo. Los mercados se están segmentando, y hay un tipo de productos más indispensables para la población más empobrecida, y algunos productos que se están orientando a los bolsillos llenos. Algunos bienes y servicios que hasta hace poco estaban al alcance de casi todo el mundo, se están restringiendo a los consumidores ricos, y los estilos de vida de las personas se van a moldear a ello. Mientras que los productos de alimentación y relacionados con la vivienda absorben más parte del presupuesto de los hogares de menos recursos, los ricos destinan mucha más parte de su presupuesto a hoteles y restaurantes, ocio y cultura y enseñanza. El reajuste del gasto familiar está potenciando estas diferencias. Para los ricos, habrá un consumismo más amplio, sus vidas transcurrirán por más mercados, sus costumbres y actividades requerirán más y más diversos productos y servicios, y más avanzados. Al contrario, las personas pobres sufrirán privaciones y acudirán más a ámbitos no mercantiles para satisfacer sus necesidades. También es importante considerar que el reajuste del consumo no es igual entre todos los miembros del hogar. Hay una diferenciación de género, ya que las madres y las hijas son quienes más ven recortados sus consumos para priorizar las necesidades de los padres e hijos. Si bien el paro ha tenido un impacto más intenso en la población femenina, los recortes en políticas sociales tienen mayor efecto en la población femenina, que son las principales usuarias de los servicios. Y en la gente mayor. “Los recortes en servicios sociales y en el sistema de atención de dependencia, la congelación de las pensiones y el copago farmacéutico deterioran el bienestar de los mayores y, en mayor medida, el de aquellos que no cuentan con apoyo familiar. De quienes viven solos y se enfrentan cada día al riesgo de exclusión”.((Los recortes castigan la vida de los mayores que viven solos, Eldiario.es, 28-2-2015.)) También se da un transvase de consumo entre pensionistas y trabajadores en activo hacia las personas en paro y con peores ingresos.
Por otra parte, hay que considerar el enorme esfuerzo que supone organizar el gasto. Cuando no hay tantas limitaciones presupuestarias, hacemos la lista de la compra en función de lo que falta en la despensa o en la nevera, en lo que hay que reponer y en lo que se quiere adquirir de nuevo, sin muchas complicaciones. Pero cuando no se llega a final de mes o no tenemos garantizados los ingresos en un medio plazo, es mucho más complejo. El presupuesto personal o familiar está mucho más planificado. Dedicamos más tiempo y energía a establecer previsiones de las necesidades que vamos a tener que ir cubriendo y para mirar de hacerlo con el mayor coste posible. Se calcula el presupuesto disponible para todos los días del mes y se ajusta al máximo, ¡mirando hasta el último céntimo! La gestión del gasto implica un esfuerzo muy grande casi diario, y los hogares con dificultad de llegar al final de mes, viven angustiados con una preocupación constante si se podrá tener suficiente comida o pagar las facturas al mes siguiente. En la reorganización de las compras juegan un papel muy importante dos estrategias de ahorro –en términos monetarios– que comentamos a continuación: el mayor aprovechamiento de los recursos disponibles y la mayor sustitución del gasto por otras formas de satisfacer las necesidades que no impliquen un coste.

El aprovechamiento de los recursos

“Estirar” los productos

Tratamos de buscar el aprovechamiento máximo de lo que compramos, adquiriendo menos y a un precio más bajo. El calendario es un elemento importante, los hogares van racionando cuándo vamos a disponer de ciertos productos, y también cuánto tiempo vamos a tener que prescindir de ellos. Un ejemplo es organizar las comidas. Antes de ir a comprar, se comparan precios, se estudian las ofertas y nos desplazamos por diferentes puntos de venta para buscar los productos más baratos. En ocasiones, si no hay ofertas, no se compra. Se busca espaciar en el tiempo los alimentos más caros –por ejemplo, los que contienen proteínas– y combinar los alimentos que hay que comprar con el menú del comedor escolar o las comidas que se hacen en casa de familiares e incluso con lo que algunas familias obtienen de los bancos de alimentos. Incluso hay hogares que eligen productos que no necesiten gastar nevera o gas para conservarlos y consumirlos para poder ahorrar energía o bien porque no disponen de ella, porque les han cortado los suministros (en algunos bancos de alimentos, piden productos que no necesiten energía para ser consumidos para las familias que sufren la pobreza energética). A pesar de todos los apaños domésticos, el hambre y la desnutrición afecta a demasiadas personas. Según el informe FOESSA de integración social y necesidades sociales de 2010, el 16% de la población en el Estado español reconoce tener una dieta inadecuada debido a la falta de recursos económicos. Y un 4% (1,9 millones de personas) padecen insolvencia alimentaria, situación en que no pueden dar respuesta a su alimentación básica.((¿Emergencia alimentaria en España? Te lo explicamos en 7 claves. United Explanations, 26-5-2014.)) Sólo en Catalunya, según el Síndic de Greuges de Catalunya, hay 50.000 niños y niñas con privaciones alimentarias como consecuencia de la pobreza de sus familias y un total de 751 menores desnutrición infantil.
En los productos duraderos, como electrodomésticos, aparatos de tecnología, ropa y automóvil, ha cambiado el modo de consumir. En primer lugar, se calendarizan las compras para aprovechar rebajas, los productos fuera de temporada o los modelos más antiguos. Ya no se compran tanto las últimas novedades tecnológicas y se compra –y se vende– de segunda mano. Y en segundo lugar, cada producto se hace durar más que antes y lo consumimos en menos intensidad. Prescindimos más de ellos. En la cocina, cuando se estropean el lavavajillas fregamos a mano, o falla un electrodoméstico de cocina, cocinamos con los utensilios. Incluso desenchufamos la nevera para ahorrar energía. Con los aparatos de temperatura, dejamos de usarlos –apagamos la calefacción y nos abrigamos con mantas, o el aire acondicionado y ponemos el ventilador, nos abanicamos o nos vamos a un lugar más frescoo minimizamos el tiempo en que están encendidos. Aprovechamos el calor que entra por las ventanas, haciendo horarios de ventilación y de cierre de persianas. Encerramos el calor en ciertas habitaciones donde se trasladan los miembros de la familia a hacer sus actividades, o buscamos los rincones y horarios más frescos en verano. Cuando se estropea un mueble o cualquier equipamiento del hogar, lo mantenemos –aunque en funcionamiento defectuoso– haciendo apaños. También usamos menos las cosas más caras para evitar su desgaste y hacemos más reparaciones –llevando el coche al taller, los electrodomésticos a los técnicos, incluso arreglándolos nosotras mismas, y cosiendo todos los descosidos– para retrasar la reposición del producto.
Cinco bomberos de los parques de Barcelona, Cornellà y Badalona denunciaron que el 70% de los incendios en viviendas están causados por la pobreza. La gente a quienes han cortado la luz y el gas manipulan artilugios –cocinas de gas, fogones eléctricos,…para cocinar, queman papeles, maderas y otros objetos para calentarse, incluso se utilizan braseros y más sistemas de calefacción del pasadoy encienden velas para ver. Y se acaban desencadenando incendios. Estos bomberos cuentan que las cifras oficiales solo contemplan las causas técnicas de los incendios y no reflejan la situación de las víctimas.((La pobreza energética cuesta vidas, El País, 8-4-2015))

Aprovechar los recursos gratis

Otra forma de suplir las compras es buscar los aprovechamientos que no suponen un coste monetario que provienen de los espacios comunes. Están los servicios que la administración pública provee gratis o a un precio más reducido. Por ejemplo, muchas personas van a las bibliotecas públicas y centros cívicos a conseguir libros, música, cine, leer la prensa y también a hacer uso de la conexión a internet y de un espacio confortable, en silencio y a una temperatura agradable. Los actos culturales gratuitos o a precios populares son también una opción de ocio, bien sean organizados por instituciones o por el tejido asociativo. El uso de espacios públicos suple también la restricción de acceso a los mercados de ocio, gastronomía y deporte, y mucha gente acude a parques, playas, montañas y espacios naturales. Se sale a correr a la calle y espacios verdes, y en los parques se hacen fiestas infantiles, comidas familiares y botellón de jóvenes por las noches. El uso del espacio público urbano y en los pueblos ha sido una constante en nuestras sociedades, a pesar de la creciente mercantilización de la cultura y el ocio y el cercamiento de los espacios públicos para uso privativo de negocios como bares y eventos culturales. Los espacios abiertos adquieren mayor importancia en épocas de crisis para el recreo de una población que vive encajada en las paredes de las casas y oficinas. Incluso los centros comerciales se vuelven un espacio más de paseo que de compras.
Los recursos comunes también proveen a algunos hogares de recursos básicos. Por ejemplo, se cogen los muebles de la calle, se va a buscar leña a los bosques para calentarse, se cargan garrafas de agua de la fuente hasta las casas y se pincha la luz. Cuando las empresas energéticas y de agua cortan los suministros a los hogares, éstos tienen recurren al aprovechamiento de todos los suministros posibles. “Solo en 2009, la empresa proveedora del suministro eléctrico detectó 9.000 enganches ilegales a su red en la Comunidad Valenciana, una cifra que se ha disparado como consecuencia de la crisis económica”.((La crisis dispara la ocupación ilegal de casas en Alicante, El País, 1-6-2001.)) La mayoría de gente que pincha la luz se engancha a una toma general de la compañía eléctrica, y es mucho menos frecuente pinchar la luz a la comunidad de vecinos.

Subsistencia desobediente

Las estrategias de supervivencia de las personas en situación de privación pasan por la búsqueda de maneras para acceder, precariamente, a los servicios básicos, aunque para ello se esté pasando por alto la propiedad privada y las leyes que la defienden. Algunas personas que son desahuciadas o que podrían llegar a serlo, optan por dar una patada a la puerta y seguir okupando la vivienda sin pagar el alquiler o la hipoteca. No existen datos de pisos okupados sin autorización del propietario, pero los hay en todas las ciudades y han crecido más allí donde ha habido más desahucios. Según el Instituto Nacional de Estadística, los delitos de “usurpación” por la utilización de inmuebles que no son de propiedad sin autorización se ha multiplicado por 168% des del 2008.((Los delitos de ocupación de viviendas, los que más han crecido desde el estallido de la burbuja Inmobiliaria, Idealista, 30-1-2015.)) A estos, hay que sumar los casos en que los propietarios que no saben que su inmueble está siendo usado porque no le prestan la más mínima atención, y hay otros que sí permiten que esté okupado porque, a cambio, se lo mantienen en buen estado. En el 2012, la okupación de viviendas se incrementó más de un 40% en la Comunidad de Madrid. En Catalunya, cada día se okupan diez inmuebles. Al movimiento okupa, que desde hace décadas accede a inmuebles vacíos para uso habitacional y social, se han unido muchas personas –solas, en pareja, con hijos o con otros familiares y compañeros– que no tienen recursos para acceder a la vivienda. Destaca la okupación organizada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca ha desarrollado en Catalunya la campaña de “Obra social” dedicada al realojo de desahuciados en edificios vacíos, propiedad de los bancos, SAREB e inmobiliarias. La Obra social de la PAH ha liberado 20 bloques propiedad de la SAREB y realojado a unas 3.000 personas((Cada dia s’ocupen deu immobles a Catalunya, La Directa, 21-7-2015)). En Catalunya, la mitad de los pisos que la SAREB transfirió a la Agència d’Habitatge ya estaban okupados, y en Barcelona, de un total de 398 pisos vacíos propiedad de entidades bancarias localizados, 237 ya tenían ocupantes. En abril del 2014, fue desalojada la Corrala Utopía, un edificio de Sevilla vacío, que había sido propiedad de una inmobiliaria que quebró, que fue okupada colectivamente para realojar personas desahuciadas.
Otro ejemplo muy extendido de prácticas de subsistencia al margen de la ley que se intensifican con las crisis son los llamados hurtos famélicos. Generalmente son sustracciones que no superan los 400 euros, por lo que no pueden considerarse como delitos. En la mayoría de las ocasiones no se denuncian. El código penal del Estado español no recoge esta tipología de hurtos, aunque sí hay jurisprudencia que puede hacer que los jueces atenúen o eximan las condenas. Las sentencias del Tribunal Supremo de 9 de diciembre de 1985 y de 21 de enero de 1986 definen el “hurto famélico” como “el que concurrirá en aquellos casos en los que se toman bienes ajenos, sin la voluntad de su dueño, para subvenir a las más primarias y perentorias necesidades humanas, tales como la alimentación, vestido, habitación y asistencia médico-farmacéutica y en los que no se halla en conflicto la vida o la propia supervivencia, con la propiedad de bienes ajenos, pero sí, por lo menos, entran en pugna los sufrimientos que el hambre, la desnudez, la intemperie o la enfermedad desatendida deparan al ser humano, con el respeto a la propiedad de bienes ajenos”.((El hurto famélico: robar para comer y vestir, Futurfinances 11-8-2011)) En el Estado español, las apropiaciones de comida se han disparado casi un 7% en los últimos años y se calcula que en el 2011 alcanzaron de un valor de mercado de 3.000 millones de euros. Cada día, en todas las grandes cadenas de supermercados hay personas que se esconden productos y se los llevan sin pagar. Suelen hurtarse los productos envasados, como las lonchas de embutido, bandejas de carne, yogures y latas. Pero cualquier producto de pequeño tamaño y que no deje rastro es susceptible de ser hurtado. El hurto famélico también incluye la sustracción de ropa y otros enseres de primera necesidad. Se reconoce como hurto famélico, entre otros requisitos, aquél que se da cuando no haya otra solución que la de proceder de un modo antijurídico. Aunque en ocasiones esta práctica no es sólo por necesidad, sino que también refleja una actitud transgresora. No se suelen robar en los pequeños comercios. Los hurtos se dan de forma continua: en las tiendas de ropa y de pequeños electrodomésticos, cada día hay gente que se lleva los productos sin pagar, habiendo aprendido a evadir los dispositivos antirrobo y vigilantes de seguridad. Por ejemplo, en todo momento hay personas que se han colado en el metro, tren y autobús, algunas usando billetes de transporte trucados.
Los establecimientos comerciales, los transportes y los propietarios de edificios dedican crecientes recursos a poner vigilancia para disuadir y pillar los hurtos. La justicia es más diligente a la hora de sancionarlos y la policía ha multiplicado sus esfuerzos para perseguirlos. Más allá de los hurtos famélicos, la gente pobre está sufriendo una creciente represión y vigilancia policial con la excusa de la seguridad ciudadana. La pobreza sufre una criminalización con un “acoso penal y policial de colectivos tan diversos como las personas sin hogar, las prostitutas de la calle, los pequeños traficantes de drogas o los vendedores ambulantes, clasificados juntos en el saco de los excluidos que no quieren seguir caminos de inserción”.((Albert Sales, El delito de ser pobre. Icaria, 2014. 132))Desde los años 90, el sistema penal está siendo usado intensamente contra las personas o colectivos en situación de exclusión social, con endurecimiento de penas y de las vías de resolución penal y la proliferación de las ordenanzas cívicas y leyes de seguridad. Los objetivos son el cercamiento de la vida en la calle y de otros recursos comunes, la propiedad privada y la persecución de las personas que no se integran en los circuitos de inserción laboral a los que conduce la gestión neoliberal de la marginalidad.

Redes para abastecer de productos de primera necesidad

Algunas estrategias de aprovechamiento se dan en redes comunitarias, bien en con relación con las instituciones, bien autogestionadas y las hay incluso informales. Bancos de tiempo, bancos de alimentos, okupaciones de viviendas, huertos comunitarios, asociaciones de madres y padres que se juntan para la crianza de los hijos y actividades para las familias, comedores populares, mercadillos de intercambio,… Se organizan redes solidarias y populares para garantizar el acceso a determinados bienes y servicios, como los alimentos, reaprovechar libros escolares y ropa, etc. Estas redes han proliferado y están presentes en muchos pueblos y ciudades, pero son muy limitadas, o bien porque participan pocas personas o bien porque se encargan de asuntos muy concretos y parciales. Las iniciativas que coexisten son muy diversas, desde aquellas que surgen de la actividad asociativa de los barrios, hasta las impulsadas por instituciones y empresas, pasando por las ONGs y asociaciones caritativas. Más adelante entraremos a analizar estas distintas vertientes.
Los bancos de alimentos son el proyecto que ha cogido más envergadura. Son fundaciones privadas de beneficencia sin ánimo de lucro en la que trabajan voluntarios. Recogen y gestionan los excedentes alimentarios de las empresas comercializadoras: cadenas de hipermercados y supermercados, centros de distribución mayorista, etc., aprovechando sus stocks de alimentos no comercializables. Los bancos de alimentos tienen convenios con las empresas para gestionar sus excedentes y también con los ayuntamientos, de los cuales reciben dinero, infraestructura y logística. Distribuyen los alimentos a familias directamente y a un conjunto de entidades sin ánimo de lucro como comedores sociales, asilos, centros de acogida y otros centros de atención a colectivos vulnerables. Las familias suelen llegar al punto de distribución de los bancos de alimentos a través de servicios sociales. Por otra parte, el resto de canales de distribución se centran mayoritariamente en las organizaciones caritativas. Los bancos de alimentos de la Federación española de bancos de alimentos atendían, en 2011, a un millón de personas y en 2013, un millón y medio. La cantidad entregada por persona descendió de 100 kilos anuales a 80.
A lo largo de la historia, ha habido diferentes ejemplos de organización comunitaria y solidaria para satisfacer las necesidades básicas. Por ejemplo, el Socorro Rojo Internacional en los años veinte y los Programas sociales de los Panteras Negras en los setenta. En el Estado español, antes de la dictadura había formes horizontales de solidaridad y apoyo mutuo. Desde entonces “la caridad católica y el asistencialismo municipal han sido las formas de “intervención” elegidas por las élites morales y gubernamentales. “No se desarrollan, como en otras sociedades locales, formas de apoyo mutuo que transciendan las necesidades inmediatas y cuestionen la propiedad (ollas populares, expropiaciones,…). Tampoco queda vestigio de responsabilidad municipal en la garantía de una subsistencia básica (Casa de Socorro, Casa de Amparo,…)”. 260 El llamado Tercer sector, formado por organizaciones sin ánimo de lucro, muchas de ellas vinculadas a la iglesia, se ha encargado de la intervención social. La filosofía de ésta es extender la activación laboral de las personas en situación de exclusión social, mediante la formación y la inserción en el empleo. El tercer sector –“industria del rescate”– ocupan un lugar de intervención después de que el abandono por parte de los servicios municipales y la degradación urbana han deshecho la cohesión social y el tejido asociativo. Es una actuación dirigida desde las instituciones y desarrollada por un entramado de organizaciones que mueven recursos y generan empleo profesional, y muchas veces también una dinámica clientelar entre la vecindad. El informe Urbanismo neoliberal en Zaragoza explica que “al abandono le sigue un salvamento que, […] ha corrido a cargo de profesionales y voluntarios ajenos al barrio y a menudo recelosos de las iniciativas vecinales”, y que para el barrio de el Gancho, el “salvamiento” consistió en un “desembarco de la mayor industria económica del barrio, casi exclusivamente ajena a este: el Tercer Sector”.4
Otras iniciativas se abren paso al margen de la industria del rescate. Por ejemplo, la Red de Solidaridad popular tiene una coordinadora estatal y 36 núcleos. Se basan en la autoorganización y la horizontalidad, y no tienen acceso a los Bancos de Alimentos porque, según dicen, son cerrados y se orientan a las organizaciones caritativas. Colaboran con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, asambleas y colectivos en los barrios, AMPAs y otras organizaciones, incluso partidos políticos. Colectan y distribuyen alimentos y hacen apoyo y acompañamientos. Hay otras muchas redes con objetivos similares. Además del abastecimiento de recursos básicos, las redes permiten a las personas gestionar las dificultades económicas, prestando asesoramiento en cuestiones laborales y de vivienda, y acompañamiento a persones sin tarjeta sanitaria a los centros de salud, en el trámite de pensiones y prestaciones a los servicios de salud, en las reclamaciones a las empresas que incumplen las condiciones laborales, en la falta de atención sanitaria, en la negociación con los bancos y propietarios por cuestiones de la vivienda, etc. Son redes de mediación con el mercado y el Estado permite a las personas hacer valer sus derechos: acceso a la sanidad universal, a las rentas mínimas, a la vivienda, etc. Se nutren del trabajo activista y autogestionan sus gastos. La marea pensionista y las oficinas de información de empleo o sindicatos, y otras muchas organizaciones, asociaciones y colectivos, asesoran a las personas para hacer trámites ante la administración y las empresas, que muchas veces ponen dificultades. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca asesora y presiona para resolver los casos de los desahucios. Pero va más allá también facilita el acceso a recursos como alimentos, ropa, juguetes, libros, y todo tipo de ayuda.

Oleada de desmercantilización

Desde el punto de vista económico, las estrategias que hemos comentado están suponiendo algunos cambios, de algún modo, en el circuito del capital tal y como funcionaba en su anterior etapa de crecimiento. Durante las últimas décadas, la mercantilización de la satisfacción de las necesidades se ha intensificado. El crecimiento económico creación de nuevos productos, la sofisticación del consumo, y el incremento de las relaciones monetizadas que venían a sustituir tiempos y satisfactores de necesidades que no estaban sujetos a na relación mercantil. Y mercancías como la vivienda, la educación y el ocio se han orientado cada vez hacia la generación de beneficios. Con la crisis, ha cambiado la cantidad de mercancías que el capital pone en circulación, también los tipos de productos, sus características y sus velocidades de producción y consumo. Algunas mercancías ya no se venden apenas, desaparecen, o bien se ven sustituidas por otras; incluso las tomamos sin pagar o las sustituimos por recursos gratuitos y libres, y sobre todo por formas no mercantiles de satisfacer las necesidades. Los ritmos de consumo cambien, porque los productos alargan su vida útil, lo cual repercute en su valor económico y su ritmo de reposición en la producción. Algunos servicios y mercancías deben adaptarse a las nuevas pautas de consumo: productos que duren más, que contengan lo indispensable, que puedan ser provistos por canales de distribución informal, que pasen de mano en mano, que puedan tener un consumo colectivo y no individual, que se puedan vender para poder tener liquidez cuando lo necesitemos,… El capital produce menos mercancías y a un ritmo de reposición más lento. Todos estos cambios forman parte de una nueva etapa de desmercantilización.
Ante esto, es lógico preguntarse si estamos adoptando un consumo más consciente y mayor eficiencia del gasto, y si la gente se está alejando de las pautas consumistas. Pero lo cierto es que esta desmercantilización se está haciendo mediante una “desposesión”: la exclusión y restricción del consumo de las clases trabajadoras, en respuesta a una estrategia capitalista de reestructurar el capital. Sí es cierto que, como veremos más adelante, las situaciones de carencias y desamparo conllevan unas prácticas sociales y económicas de supervivencia en que los propios sujetos se transforman y su conjunto de valores, percepciones e ideologías cambian. En el tema del consumo, cuando las personas pasamos por dificultades económicas cambiamos nuestra forma de valorar lo que tenemos y lo que deseamos. Nuestras necesidades, cambian, dando más importancia a lo básico y nos sobra todo lo que es prescindible. Pero solamente una parte de estas situaciones acaba derivando en una “austeridad” consciente en nuestros modos de vida, crítica con el consumismo y que nos acerca a planteamientos solidarios y cooperativos. El consumismo es un conjunto de valores sociales que están muy arraigados en nuestra sociedad por varios motivos, pero pasar dificultades económicas no está llevando a un cambio en el sistema de valores, cosa que requeriría mucho tiempo y que es mucho más difícil plantearse cuando se está al borde de la quiebra o totalmente hundido. Es necesario incidir mucho en un cambio de mentalidad hacia un consumo responsable y sostenible, pero también es importante rechazar las críticas que estigmatizan y criminalizan la pobreza. Muchas veces escuchamos comentarios criticando que la gente no tiene dinero pero va de tiendas, de vacaciones, se compra teléfonos móviles –aunque los datos indican que esto no es así. Los ricos ostentan su ropa, casas, coches y yates de lujo en las revistas y televisión, mientras se fiscalizan los gastos de las personas que reciben ayudas sociales y se dirigen las miradas críticas hacia los pobres, minimizando la pobreza y, además, culpabilizando a la propia persona.

Intensificación del trabajo

La activación precaria de la fuerza de trabajo

Ante la pérdida de ingresos, los miembros de la familia reaccionan con una activación de la fuerza de trabajo. La tasa de actividad en el Estado español es del 74,2%, superior a la media de la Unión Europea, del 72,3%. Si hubiera el mismo porcentaje de la población en situación de inactividad –que no trabajan y no buscan empleo– en el Estado Español que en la Unión Europea, habría 216.000 hombres más inactivos y 350.000 mujeres, que podrían reducir las cifras del paro. Se buscan fuentes de ingresos a toda costa, aunque sea algo puntual y a cambio de poco dinero, con tal de que entre algo a la cuenta corriente. En la crisis actual, la activación de la mano de obra está siendo muy intensa, porque la capacidad económica de las familias (cotizaciones acumuladas, ahorro, inversión en vivienda, etc.) era ya débil antes del estallido del paro.
En el principio de la crisis, han sido principalmente las mujeres quienes asumen esta estrategia. Los hombres son quienes más han sufrido la pérdida de empleo en los sectores de la construcción y la industria, así que las mujeres salen de casa a suplir la pérdida de ingresos. Cuando el paro se disparó entre la población masculina, la ocupación creció en el segmento de las mujeres de más de 55 años. Mujeres que hacía años se habían retirado del trabajo asalariado para dedicarse a los cuidados, volvían a incorporarse para buscar una nueva fuente de ingresos.
Esta estrategia de activación del trabajo se realiza mediante trabajos precarios, tanto en la economía formal como en la informal. “Se retorna a empleos en sectores que se habían abandonados, entre ellos, el sector agrícola, el empleo de hogar y el trabajo sexual. Se aceptan empleos antes impensables, o mini-empleos (minijobs) que ni siquiera existían antes d las reformas laborales. Otra alternativa a la búsqueda de empleo es inventarse el trabajo”.((Amaia Pérez Orozco, Subversión feminista de la economía. Traficantes de sueños, 2014.)) Las estrategias de autoempleo son muy diversas, tratan de aprovechar el máximo de las habilidades personales y los recursos y contactos de los que se dispone. Proliferan las iniciativas de recoger chatarra y todo tipo de residuos para clasificarlos y revenderlos, ofrecerse para hacer reformas, reparaciones, transportes, para servicios de cuidado a personas mayores y tareas domésticas, arreglar prendas de vestir, confeccionar ropa y complementos, crear artesanía, vender pasteles y dulces, etc. La mayoría de estas actividades de autoempleo transcurren en la economía informal y tienen características del subempleo: son puntuales, inestables y no permiten el acceso a los derechos sociales.
En América Latina, las clases populares han ido desarrollando sus estrategias de supervivencia y al trabajo comunitario. “Las ciudades de América Latina se han producido y extendido en gran parte ‘a pulmón’ del trabajo comunitario y la autoconstrucción de la vivienda”.((Alejandra Massolo, Las mujeres y el hábitat popular.)) En el Estado español, el trabajo comunitario y la autoproducción fueron muy importantes en determinadas épocas, construyendo asentamientos donde se levantaban chabolas (Madrid, Andalucía, País Vasco, Catalunya, etc.) y en los que el entorno físico y las condiciones materiales de la gente se construían el trabajo comunitario en base a las relaciones de vecindad. En la actualidad, las formas de asentamiento precarias persisten, aunque tienen características distintas.
En muchísimos rincones urbanos han surgido asentamientos, que suelen situarse en zonas menos despobladas, en caminos o polígonos poco transitadas para pasar más inadvertidas. Precarias casas autoconstruidas, caravanas o tiendas de campaña en solares y parques o habilitaciones de naves, edificios, casetas y contenedores de carga abandonados. Suelen acompañarse de actividades productivas para el mercado negro o el autoconsumo (reciclaje y huertos). En la ciudad de Barcelona se han contado 438 barraquistas, en una ciudad muy urbanizada y planificada en que “todos los terrenos tienen una cualificación, todos valen” y en que todo el espacio está ocupado y casi no hay rincones que se mantengan al margen en los que construirse una barraca.((Es preocupen més de la pedra que de les persones, La Directa, 20-7-2015))
Uno de estos ejemplos es la Cañada Real en su paso por la Comunidad de Madrid, en donde a lo largo de 15 kilómetros se extienden asentamientos de casas sin las infraestructuras y equipamientos básicos, muchas de ellas construidas ilegalmente. Las viviendas no disponen de equipamientos mínimos ni suministros o bien son muy precarios. El abastecimiento de suministros y la construcción del hábitat es fruto del trabajo y los recursos colaborativos entre las familias. Las carencias son enormes y las condiciones de vida muy duras en todos los sentidos. La mayoría de gente trabaja en la economía de subsistencia. Un estudio5 ha hecho un recuento de las actividades económicas que se desarrollan dentro de la cañada: la venta ambulante, la recogida de chatarra, el servicio doméstico, construcción, vigilante de seguridad, “actividades delictivas o “los favores” realizados a los propios grupos familiares dedicados a la venta de droga, son algunas de las ocupaciones más frecuentemente mencionadas por los entrevistados”. Se han contado bares, un taller, alguna nave industrial, espacios de almacenamiento de materiales, reparación, carpintería y recuperación de materiales, incluso ventas de caballos, pequeñas tiendas de alimentos, kioscos y venta de alcohol y tabaco y un hostal.

Caminos migratorios

La falta de oportunidades de empleo y la necesidad de vivir en lugares más baratos está suponiendo una respuesta migratoria, tanto a nivel externo como interno.
Se constata un cambio drástico en el ciclo migratorio exterior que se ha dado con una intensidad y en un corto período de tiempo. El Estado español ha pasado de recibir flujos migratorios a emitirlos. Según la Estadística de Variaciones Residenciales del INE, la entrada migratoria neta creció a un promedio de 11,3% anual en el período 2002-2007, y descendió un 274,6% en los siete años posteriores.
En los seis años anteriores a la crisis, el saldo neto de migración fue de 3,6 millones de personas en total, impulsado por la entrada de personas extranjeras. En los primeros años de la crisis, del 2008 al 2011, solamente se registran 809.520 entradas netas, básicamente por la caída drástica de la inmigración de personas extranjeras. Y a partir de entonces se registran saldos migratorios negativos: entre el 2012 y y el 2014 hay una salida neta al exterior de 163.307 personas. Desde el 2008, se contabiliza que 2,2 millones de extranjeros han salido del Estado español –el denominado “retorno”– pero en realidad son más porque muchos no registran su baja para poder mantener permisos y derechos sociales. Asimismo, también se ha registrado la salida de 368.926 españoles al extranjero. La mayoría son hombres jóvenes con un menor nivel educativo, coincidiendo con el perfil laboral de sector de la construcción, muy castigado por la crisis.
En cuanto a la migración interna, el 63% de los municipios del Estado español han perdido habitantes desde la crisis. Las capitales de provincia se han estancado. Y en cambio, son las ciudades de tamaño medio de las periferias de las capitales quienes están acogiendo nuevos habitantes. También, aunque en menor medida, los municipios más pequeños están creciendo en población, ya que algunas personas están yendo al campo a buscar nuevas oportunidades.
La demanda de viviendas ha cambiado y ahora se buscan inmuebles más baratos. La gente se está mudando a pisos más pequeños, prescindiendo de servicios comunitarios. Según una encuesta realizada por la web inmobiliaria Casaktua, más del 40% de la población del Estado español está pensando en mudarse en un corto y medio plazo. Y eso también significa cambiar de barrio o de población: 3 de cada 10 opta por zonas más baratas. Los cambios de domicilio también están motivados por la búsqueda de un entorno más barato y con más oportunidades de trabajo. Según un informe de la ETT Randstad, cada vez hay más contratos que provocan el desplazamiento a una provincia diferente de la de la última residencia. Aproximadamente, son el 12% de los contratos totales. Algunas comunidades autónomas como Castilla La Mancha, Castilla León y Aragón tienen un saldo de migración laboral negativo, mientras que otras como Andalucía y Madrid atraen este flujo.

Intensificación del trabajo doméstico

Las estrategias de supervivencia destacan sobre todo porque buscan cubrir las privaciones derivadas de la caída de los ingresos y los recortes en servicios públicos con una mayor provisión de servicios no monetizados realizados en la esfera doméstica. El capitalismo patriarcal establece “un mecanismo –ocultoa través del cual la producción capitalista desplaza costes hacia la esfera doméstica; costes que asumen la forma de trabajos de cuidados realizados mayoritariamente por las mujeres”.((Seminario de economía feminista de Barcelona, Expolio y servidumbre: apuntes sobre la llamada deuda de cuidados. Revista de Economía Crítica, No 18, 2014.)) La crisis intensifica esta transferencia de costes y responsabilidad del mercado y el estado hacia las familias, concretamente las mujeres. Los hogares asumen el rescate de las personas y el peso del “ajuste” al encargarse de la reproducción de la vida. Y son las mujeres quienes ponen su tiempo y esfuerzo a disposición del resto de miembros de su familia y proveen de una cantidad creciente de servicios gratuitos que cubren los vacíos dejados por el paro, la caída de los salarios y los recortes sociales. Lucía del Moral explica que “las estrategias de subsistencia de muchas familias en el actual contexto de crisis dejan entrever que el bienestar de los hogares no depende exclusivamente de la situación de sus miembros en el mercado laboral sino de una compleja y diversa red de actividades que se desarrollan en espacios y tiempos no monetizados”.((Lucía del Moral, Sobre la necesaria reorganización social de los tiempos: políticas de tiempo, espacios económicos alternativos y bienestar. Papeles de relaciones ecosociales y cambio global Fuhem, No 119, 2012.))
Estudios que han analizado diferentes crisis en el pasado llegan a la conclusión que “de las crisis se sale con una intensificación del trabajo de las mujeres, incluyendo el trabajo remunerado y sobre todo, el no remunerado”.((Lina Gálvez Muñoz y Paula Rodríguez Madroño, La desigualdad de género en las crisis económicas. Boletín Ecos Fuhem, No 26, marzo-mayo 2014.)) El trabajo no monetizado ni remunerado realizado por las mujeres en la esfera doméstica se incrementa cuando el hombre queda en paro, incluso cuando las mujeres realizan también un trabajo asalariado. Las mujeres, además de organizadoras de crisis cotidianas, reciben el impacto de las políticas de “ajuste fiscal” que les imponen “una sobrecarga de tiempos de trabajo orientados a garantizar la dotación y distribución de los escasos recursos para la supervivencia de la familia”.((UNICEF Colombia, El Ajuste Invisible. Los efectos de la crisis económica en las mujeres pobres. 1989.))
Gran parte de las estrategias de supervivencia analizadas conllevan una intensificación del trabajo doméstico. La reorganización del consumo se hace pensando en suplir con trabajo gratuito una parte del coste monetario. Los productos se reparan, se elaboran y se consumen más en casa que en los ámbitos mercantiles.
Por ejemplo, se come y se bebe más en casa. La comida que más se ha trasladado a los hogares es el desayuno, y la compra de alimentos relacionados con éste han crecido. Son las mujeres quienes cocinan el doble para llenar las fiambreras que se llevan al trabajo ellas, maridos e hijos, que ya no van a comer de restaurante. Las necesidades de ocio se cubren con menos dinero, pero con más tiempo de preparar, recoger y atender. Y el transporte también. Los desplazamientos se hacen más en transporte público y a pie. Lavar a mano, en vez de poner la lavadora o el lavavajillas, coser la ropa antes que comprarla nueva, arreglar zapatos, utensilios y electrodomésticos conlleva tiempo. También requieren mucho trabajo las estrategias de aprovechamiento de recursos gratis comentadas anteriormente. Todos los trabajos domésticos, además, se realizan en unas condiciones peores. No es lo mismo hacer la compra mirando las ofertas y midiendo el gasto que cuando no hay que preocuparse por si va a llegar el dinero de la cuenta corriente. Los trabajos domésticos en condiciones de frío o calor, con peores electrodomésticos o sin ellos, o teniendo que estirar la vida útil de todos los productos que se usan es mucho más complicado.
Los trabajos de cuidados que se están intensificando especialmente son el cuidado de criaturas, de personas mayores y de personas enfermas. Cuando no se puede pagar guardería o se quitan extraescolares, refuerzo escolar o el comedor porque se reducen los sueldos y las becas. Cuando no se pueden seguir pagando residencias o no hay plazas en las públicas, las personas mayores retornan al hogar. Y si no se pueden pagar a cuidadoras, ese trabajo se asume en la familia, principalmente las mujeres. Se está dando un desplazamiento de los cuidados desde la esfera mercantil y de servicios sociales –trabajo precarizado y también feminizado, y en ciertos tipos de cuidados, realizado por mujeres migrantes– hacia los hogares. Y contribuyen las mujeres de todas las generaciones: las abuelas dedican más tiempo al cuidado de nietos y nietas; y al revés, las nietas asumen el cuidado de las mayores. Se dan muchos casos de mujeres que cuidan los hijos de sus amigas.
Un aspecto importante de este trabajo doméstico a disposición de las circunstancias difíciles es su flexibilidad. Las mujeres aportan un mayor grado de flexibilidad para integrar la interacción entre los servicios públicos recortados y los tiempos de trabajo asalariado precarizados. Se da una externalización y subcontratación entre el trabajo asalariado y el de cuidados. Cada reforma laboral que ha precarizado las relaciones laborales o cada recorte social cuentan con que las mujeres van a aportar la flexibilidad necesaria para equilibrar sus consecuencias en la vida privada. Cuando cambian los horarios de trabajo, van a ser las mujeres quienes hagan malabares para cuadrar horarios imposibles y adaptan su tiempo, estirando el tiempo de cuidados y renunciando al tiempo de trabajo asalariado o al tiempo personal. Los recortes en los servicios públicos implican una mayor interacción entre los familiares –especialmente mujeres, madres, yernas e hijas– y los empleados públicos, por ejemplo en la sanidad y la educación. Cuando se amplían las listas de espera para las intervenciones quirúrgicas o mandan a los pacientes a casa más rápidamente, parte de los cuidados se “subcontrata” a la familia. Los familiares acompañan al personal sanitario o educativo que no da abasto, asumiendo los cuidados y la atención durante las enfermedades y la recuperación, el transporte sanitario, la toma de medicación, por ejemplo, o bien haciendo el refuerzo escolar o actividades educativas extras. Ante la disminución de las horas de atención a la dependencia, las mujeres familiares asumen más trabajo de cuidado y acompañamiento de las personas mayores.
El trabajo doméstico es un trabajo adaptable a lo largo de los distintos acontecimientos económicos. La estrategia del capitalismo en la crisis actual conlleva un incremento de los trabajos domésticos se cubren mayoritariamente con más tiempo de trabajo no monetizado de las mujeres o con una intensificación del que ya realizan, y una ampliación de sus funciones. Las estrategias de supervivencia suponen una cantidad ingente de trabajo no remunerado en las de las clases populares, un trabajo que está feminizado. Estas estrategias no son nuevas, y de hecho, han estado siempre presentes en el capitalismo patriarcal. De hecho, dejamos atrás una etapa que ha trasladado una parte importante de trabajos de la esfera doméstica a la esfera mercantil, con la compra de bienes y servicios o la obtención de servicios públicos –y con esto, también se trasladó la feminización de los cuidados a estas otras esferas. Las tareas que antes se llevaban a cabo en el interior del núcleo familiar se confían cada vez más a especialistas externos: cuidadores de niños y de personas mayores, enfermeros, profesores de colonias de verano, psicólogos y animadores de fiestas de cumpleaños.((Arlie Russell Hochschild, La mercantilización de la vida íntima. Apuntes de la casa y el trabajo.)) En el momento actual, la frontera entre lo mercantil y lo doméstico se vuelve a desplazar con un retorno al hogar de múltiples responsabilidades.
Las estrategias de supervivencia se realizan en lo que Amaia Pérez Orozco denomina “economía de los retales”, “la activación de redes que estaban latentes o no existían en las que se comparten recursos y se ponen trabajos en común. Se comparte el dinero, generando flujos financieros alternativos e informales. Se pone en común la información, saberes que son en sí recursos. Se comparten espacios con la vuelta a la familia nuclear de jóvenes (y no tan jóvenes) que se habían emancipado parcialmente, familias extensas que se reagrupan, personas que vivían solas y pasan a compartir casa”.((Amaia Pérez Orozco, Subversión feminista de la economía. Traficantes de sueños, 2014.)) La vulnerabilidad socioeconómica se pone en común en el ámbito familiar, y la pobreza de las personas se diluye en las familias pobres. Los sueldos, prestaciones y pensiones se ponen en común para satisfacer las deudas y facturas que se comparten. Es más frecuente que los jóvenes que viven con sus familias porque no se pueden independizar acudan a servicios sociales con situaciones insostenibles y con la necesidad de un proyecto de vida independiente.((Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales, Informe sobre el estado social de la Nación 2015.))

La subsistencia se desenvuelve entre la familia, la caridad y la solidaridad

La familia como amortiguador

Las estrategias y redes de subsistencia siempre han estado activas en las clases populares.((Alejandra Massolo, Las mujeres y el hábitat popular.)) Estas coexisten con las políticas públicas y el acceso al mercado, tanto para obtener ingresos y como para acceder a los bienes y servicios. Con la exclusión socioeconómica que la gestión capitalista de la crisis está imponiendo, estas estrategias se están intensificando y transitan por amplios espacios al margen de las instituciones y el mercado.
La familia tiene un papel crucial en estas estrategias de supervivencia. “El grueso de la asistencia para el bienestar de las personas proviene de las familias, donde las redes de solidaridad se han visto abocadas a demostrar su fortaleza en la recesión; además, se ha convertido en uno de los elementos que en mayor medida han reducido las posibilidades de exclusión en nuestro país”.((Lucía Vicent, Familia: ¿amortiguador o amortiguadoras?Boletín Ecos Fuhem, No 22, marzo-mayo 2013.)) La familia juega un papel de amortiguador social y económico ante la incapacidad manifiesta del mercado y del Estado, con un efecto desactivador de la conflictividad social, necesario para el funcionamiento de las estructuras políticas, sociales y económicas del capitalismo. El trabajo doméstico no está reconocido, se encierra en la familia y se asigna a las mujeres. Actúa como absorción de los impactos sociales y de los costes que el capital externaliza, incrementándose el “expolio” del trabajo femenino por el la reestructuración del capitalismo tras la crisis. La familia es un espacio de conflicto, de opresión patriarcal, de desigualdad en lo que aporta cada género y en el reconocimiento de los distintos trabajos. Los hombres generalmente no se hacen corresponsables de esta responsabilidad, y las mujeres ponen a disposición del rescate de las personas de sus familias una cantidad ingente de trabajo por una imposición social bajo una ética reaccionaria. La crisis económica agrava la crisis de cuidado que ya existía, y que hace referencia a la incapacidad de encontrar el tiempo suficiente para atender las necesidades de cuidados –dada la incorporación de la mujer en el trabajo asalariado, que combinan con la carga del doméstico del cual los hombres no se han corresponsabilizado. Si bien podría darse cierto “retorno al hogar” de las mujeres, no va a ocurrir de una manera masiva porque la estructura socioeconómica se ha transformado y ahora en la mayoría de los casos es imposible que una unidad familiar –de la tipología que sea– se sustente con un solo sueldo, sobre todo si hay hijos e hijas. La familia como principal proveedor de cuidados y sin una corresponsabilidad generaliza por parte de los hombres ha traspasado ya sus límites y en el futuro va a ser necesario ya una reorganización de trabajos y servicios y un cambio en el papel de los géneros y de la familia.
En referencia la importancia de los cuidados, es interesante añadir dos lecturas complementarias.
En primer lugar, los cuidados se articulan en base a una lógica distinta a la del capitalismo excluyente y explotador. Yayo Herrero define que los trabajos domésticos “no persiguen un aumento constante de la productividad, ni operan según el mecanismo de la competitividad. Son trabajos que comprenden procesos productivos amplios, en ellos no tiene mucho sentido la sobreespecialización”.((Yayo Herrero, Economía para el cuidado de la vida y del planeta.)) La lógica del cuidado es distinta a la del trabajo asalariado porque está orientada a la satisfacción de las necesidades de las personas, mientras que en el ámbito de la producción mercantil, el trabajo sirve para obtener beneficios privados. La economía familiar se orienta a atender las múltiples necesidades de las personas, gestionando la diversidad de necesidades de cada miembro de la familia. Integra e interioriza las diferentes necesidades, las pone en común y busca las maneras de sacarlas adelantes contra viento y marea.
Por otra parte, las mujeres que luchan por tirar adelante sus familias recurriendo a las estrategias de supervivencia adquieren una consciencia y una habilidad para el mejoramiento de las condiciones de vida de la comunidad, siendo ellas mismas las protagonistas de los procesos, y logrando un empoderamiento en el espacio social y político. Son las mujeres las que luchan más para defender el sustento o los hogares, quienes se anteponen a las dificultades financieras y buscan las diferentes estrategias de subsistencia. Son las primeras que acuden también a los servicios sociales y a las redes de apoyo. Van a recurrir a todos los contactos posibles y moverse a donde haga falta, y a dar la patada a la puerta. “La defensa de la vida que enarbolan las mujeres organizadas desde las bases territoriales, implica no exclusivamente enfrentar y resistir las temibles políticas neoliberales, sino la toma de conciencia de los derechos indivisibles sociales, civiles, políticos y humanos que deben ser respetados y llevados a la práctica”((Alejandra Massolo, Las mujeres y el hábitat popular.)) Por otra parte, el papel de algunos hombres también se está transformando. El creciente número de hombres en paro que dependen del sustento monetario de sus mujeres, o que se encuentran en modelos de familia diferentes del de la familia nuclear, está poniendo en cuestión el rol tradicional masculino. Y aunque la respuesta no está siendo una mayor corresponsabilidad general de los hombres y su implicación mayor en cuidados y la gestión de la economía doméstica, es interesante destacar positivamente que los cambios que experimentan los hombres que se involucran en las luchas de sus hogares para salir adelante y que asumen las responsabilidades de cuidados. Con su aprendizaje –y desaprendizaje– logran romper con estigmas como el aislamiento, el sentimiento de fracaso y la frustración por no sentirse válido.

Las redes de subsistencia

En América Latina, las estrategias de subsistencia se elaboran entorno de redes comunitarias. La denominada economía popular, que es un concepto complejo que sugiere todo tipo de discusiones, podría definirse como “el conjunto de actividades económicas y prácticas sociales desarrolladas por los sectores populares con miras a garantizar, a través de la utilización de su propia fuerza de trabajo y de los recursos disponibles, la satisfacción de las necesidades básicas, tanto materiales como inmateriales”.((Ana Mercedes Sarria Icaza y Lia Tiribia, Economía popular)) En el seno de las relaciones de vecindad se llevan a cabo estrategias de activación de la fuerza del trabajo, la mayoría de casos son formas de autoempleo que permiten la subsistencia de las personas en base a su propio trabajo. El objetivo no es la generación de excedente sino la reproducción de la vida mediante la pequeña producción mercantil para obtener una subsistencia. Las actividades van des del comercio ambulante, todo tipo de servicios a la vecindad, y la recolecta de chatarra, hasta el establecimiento de kioscos, bares, modistas y mercados populares. En otras ocasiones, activan estrategias asistenciales de pedir limosna u organizar la beneficencia. Son redes de producción, consumo y abastecimiento popular que implican individuos, cooperativas y acciones colectivas surgidas de parroquias, comunidades, partidos, sindicatos y otras organizaciones populares. Se basan en la cooperación y el apoyo mutuo y la socialización de conocimiento y recursos.
En el Estado español, la activación de la fuerza de trabajo se ha dado con intensidad, pero generalmente no se ha ligado al ámbito comunitario sino hacia el mercado, de la economía formal o la informal. Si bien en el autoempleo se dan relaciones de interrelación entre personas y grupos, porque generalmente se tratan de servicios muy locales y destinados a las personas, no llegan a constituir un ámbito de economía comunitaria. Y en cuanto a la provisión de servicios básicos, las organizaciones caritativas y asistenciales((En Apuntes sobre la economía furtiva del capitalismo, en Taifa, Informe 8. La estrategia del capital se puede encontrar un análisis más extenso del asistencialismo.)) han tenido más importancia que las redes organizadas de solidaridad horizontal y apoyo mutuo. Aun así, cabe destacar el papel que están teniendo algunas redes que operan fuera de la caridad y se basan en la autoorganización, la implicación de la vecindad y la defensa colectiva de los problemas. Estas redes permiten poner en común ayuda mutua de las personas que participan y también son un proceso de empoderamiento de personas. Llegan a ellas totalmente desoladas, sintiéndose fracasadas por la pérdida de empleo y no poder pagar las facturas. Al entrar en estas redes –y son las mujeres las que suelen dar el primer paso–, rompen con el aislamiento al que somete el sentimiento de vergüenza y la incapacidad de pagar los gastos que muchas veces tiene la socialización. La propia lucha y la implicación activa en las redes son procesos pueden llegar a transformar la conciencia y la participación de las estrategias de supervivencia en formas de transformación social.
  1. Apuntes sobre la economía furtiva del capitalismo en Taifa, Informe 8. La estrategia del capital, analiza algunos aspectos de la economía invisible que “el sistema ha organizado como parte sustancial de su lógica de obtención de beneficios privados, de forma que la actividad del sistema pueda transcurrir entre lo abierto y lo sumergido, lo lícito y lo ilícito, la legalidad y la delincuencia”. [↩]
  2. El nuevo consumo. Emprendedores.es, 17-12-2008 [↩]
  3. Ramon Ballester, Jackeline Velazco, Ricard Rigall-i-Torrent, El efecto de la crisis económica sobre el consumo de los hogares inmigrantes en España. [↩]
  4. Asociación Social Sindical Internacionalista, Urbanismo neoliberal en Zaragoza 2015. [↩]
  5. Accem, Fundación Secretariado Gitano, Informe-Diagnóstico sobre la Cañada Real Galiana. [↩]

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