miércoles, 23 de noviembre de 2016

(Rita Barberá) La muerte no blanquea el pasado sino sólo los sepulcros

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Nadie debería alegrarse por el fallecimiento de un semejante por mucho que el semejante en cuestión no mereciera en vida la más mínima alabanza. Pero resultaría farisaico esbozar algo parecido a un obituario de Rita Barberá en el que se obviara el enorme daño que esta mujer ha causado a la democracia y a las instituciones, con la inestimable ayuda de quien siempre presumió de su amistad y que la protegió hasta el final desde la presidencia del Gobierno. La muerte no blanquea el pasado sino sólo los sepulcros.
Farisaico ha sido el minuto de silencio que se le ha rendido en el Congreso porque hay muertos que, más allá del dolor que su pérdida cause entre sus allegados, no son acreedores de ningún homenaje público. Es lo que han entendido los diputados de Podemos al ausentarse del pleno en el que se le rendía tributo, la actitud más digna y consecuente con la historia de la senadora, que no puede aspirar a recibir ahora los reconocimientos que no mereció cuando vivía.
No faltarán quienes atribuyan su fatal destino a la insoportable presión –dirán- que sufrió en sus últimos meses por parte de la prensa, de sus adversarios políticos y hasta de algunos de sus compañeros de partido, cuando lo cierto es que los damnificados fueron los que contemplaron que la corrupción, la financiación ilegal, las mordidas, la ingeniería contable, los enchufes y las mordidas tenían premio o, cuando menos, no recibían el castigo que sí se aplica a quien hurta una lata de fabada en un supermercado.
Barberá se creyó primero que el Ayuntamiento de Valencia era de su propiedad, hasta el punto de que un buen día hace 23 años metió su coche en el garaje y no volvió a moverlo. Y no tardó en acostumbrarse a ejercer de reina de la fiesta de aquel desenfreno de latrocinios, en medio de un ejército de corruptos que le reían las gracias y ante los que exhibía los bolsos de Louis Vuitton que le regalaba ‘El Bigotes’. Se hizo una mujer de gustos caros a costa del contribuyente.
La alcaldesa caminaba por un mar de corrupción sin que la mierda le salpicara los zapatos. Cuando su levantina Sicilia se vino abajo tuvo que refugiarse tras los visillos hasta que su amigo Rajoy corrió en su ayuda, tal vez por amistad –“Rita eres la mejor”- o para asegurar el silencio de quien con 24 años como alcaldesa y 32 de diputada autonómica debía conocer al detalle el mastodóntico inventario de golfadas que, como poco, contempló en tribuna de preferencia. “Le ha dedicado su vida al PP”, ha dicho Rajoy al borde de las lágrimas. Y es verdad aunque eso no la haga más honorable.
Pertrechada en su condición de senadora, incluso en el interregno electoral, de lo único que no pudo huir fue de su citación ante el Supremo, a donde acudió este lunes para explicar cómo pudo mantenerse virgen y pura ante tanto sinvergüenza. Librada del caso Noos y finiquitada la investigación sobre sus gastos suntuarios como regidora, su repentina desaparición cierra la causa por el presunto blanqueo de capitales en la financiación de su grupo municipal. Decía Voltaire que a los vivos se les debe respeto pero a los muertos sólo la verdad. Descanse en paz.

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