jueves, 16 de marzo de 2017

Refugiados en Atenas: abandonados por Europa

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Ana M. Burgos y José María Salazar, enfermera y médico voluntarios en Atenas
Edificios abandonados sirven de refugio a los migrantes en Atenas














Acabamos de volver de Atenas, donde hemos tenido el privilegio de trabajar, junto con muchos otros voluntarios, para la población migrante, refugiados y solicitantes de asilo. Al llegar allí, lo primero que nos llamó la atención fue la magnitud del problema; multitud de edificios abandonados (consecuencia de las políticas de austeridad europea), sirven de hogar para miles de personas que han tenido que dejar sus negocios, sus trabajos, sus colegios, sus hogares… Cientos de personas que viven y duermen en las calles de la ciudad, incluso en pleno invierno. Eso aparte de aquellos que viven en los campos de refugiados “oficiales”, de los que hemos visto imágenes este invierno con grandes nevadas sobre las tiendas de campaña, problemas de suministros… Las cifras oficiales hablan de 62.000 refugiados en Grecia.
Fue a través de las redes sociales como entramos en contacto con gente voluntaria, que de forma individual habían ido a Atenas a tratar de prestar un servicio a las personas que llegaban a Grecia y habían ido haciendo un grupo espontáneo. Nos propusieron trabajar en dos clínicas que se situaban en dos centros donde vivían personas refugiadas.
Llegamos a trabajar y nos encontramos con un gran edificio que parecía del XIX o del XX, a su lado un árbol con algunas prendas de ropa de colores que parecía una llamada de atención hacia posibles personas que buscaran el lugar. Cuando entramos, nos encontramos un gran patio en donde se podía ver todo tipo de personas: parecía como si una ciudad completa hubiera salido de estampida de su país y se hubiera metido en estos edificios ocupados.
Nos encontramos con familias enteras, que habían logrado huir gracias a sus ahorros o a la venta de sus pertenencias para poder pagar a las mafias, arriesgando su vida. Mujeres embarazadas, niños y niñas sometidos a un viaje en donde en muchos casos habían vivido la tragedia de dejar atrás a sus madres o padres incapaces de seguir la ruta. Mujeres jóvenes solas, que aún no logran superar el trauma vivido, envidas como avanzadilla para poder tirar de aquellos que se quedan en el infierno y la incertidumbre de la vida, divididas entre una guerra que no han buscado y una Europa que les da la espalda. Ancianos cansados que trabajaron toda su vida para dar a sus familias lo necesario para vivir y que ahora, enfermos, algunos con limitación en la movilidad, han de sobrevivir en edificios sin las mínimas condiciones higiénico- sanitarias. Jóvenes con cicatrices y con grandes deformidades que les recuerdan las bombas o los disparos de los que huyeron. Al fin y al cabo, personas que tuvieron una vida y a las que no les queda nada, salvo pasar días, meses, años, en esta situación de absoluta precariedad a la que la vieja y egoísta Europa les está condenando.
Estancados
El sentimiento que prevalecía entre los refugiados era el de estar estancados, embarcados en un viaje que para ellos no había terminado.
Algunos viven esperando el trámite que les conceda la reunificación familiar, como el caso de S., una traductora y profesora siria de inglés, que vivía en unos de los edificios ocupados. S. es de origen palestino, cuyos abuelos se vieron obligados a pedir asilo en Siria y tenía el estatus de apátrida. Esta mujer, musulmana, trabajaba como traductora voluntaria en la clínica donde además trataba de canalizar a las familias hacia la atención sanitaria. Luchadora incansable, mantenía la esperanza de encontrar un buen lugar para poder trabajar, reorganizar su vida y la de su hijo. No perdía la sonrisa, ni la esperanza, a pesar de lo vivido, de que algún día tendría una hija a la que llamaría “Mañana”.
Algunos huyeron de Siria porque no querían ser movilizados por alguno de los ejércitos y se negaron a formar parte de una guerra, como M., un capitán de barco de 26 años que soñaba con todo menos con matar o arriesgar su vida en una lucha que, finalmente le obligó a huir de su país, dejando su trabajo, su familia y su proyecto de vida.
Acudir cada día a las clínicas de los edificios ocupados era enfrentarse a la atención de ancianos, adultos, niños, con enfermedades crónicas o comunes, vacunaciones, etc.  en una Europa  que no garantiza sus tratamiento y los dejan en manos del buen hacer de  voluntarios. Una Europa que da la espalda a los refugiados y mira hacia otro lado. Lo único que atiende la sanidad pública griega, un sistema sanitario en crisis y vapuleado por los recortes de la UE, son las emergencias.
Pintada a favor de los “sin hogar” de Atenas
Pero también se siente el vacío de ONG que presionen a la UE para que trate de gestionar y canalizar la situación legal de estas personas, así como garantizar una salud que les corresponde como derecho, por el simple hecho de ser personas.
Dónde están las ONG
También queda patente el vacío de las ONG en la falta de estructura organizativa. Un volumen importante de personas se iba encargando de las distintas tareas, y los voluntarios más antiguos y que conocían mejor el medio y los recursos, se iban haciendo cargo de la coordinación o de la resolución de problemas. Desconocemos si el motivo de esa falta de estructura organizativa o la falta de presencia de las ONG en este entorno es consecuencia de alguna decisión o de la falta de medios ante un problema de tal magnitud. El caso es que, a pesar de esa falta de estructura organizativa, el trabajo iba saliendo adelante gracias al esfuerzo y a las ganas de esos voluntarios, por qué no decirlo, en su mayoría españoles.
También hemos visto unas calles llenas de otro tipo de refugiados pero de segunda: se trata de afganos, iraníes,  pakistaníes, que también huyen de la violencia. Personas que huyen de los talibanes, cuyas solicitudes de asilo político ni siquiera son consideradas y es que, la protección de la vida para la UE, no parece tener ningún valor. Según la última decisión de la justicia europea, los estados miembros no están obligados a expedir un visado humanitario a aquellas personas que quieren solicitar el asilo político.
Sí, su vida es segura fuera de la guerra, pero carecen de una vida normal. Niños y adultos que acuden a clases de inglés gestionada por voluntarios que  vienen de diferentes países, una asistencia sanitaria que se mantiene gracias a un relevo de buenas voluntades, una guardería para los niños en donde se intenta que los niños más pequeños jueguen, pero ¿qué pasa con los niños mayores, que están escolarizados?
La guerra en Siria ya ha dejado más de 250.000 muertos (sólo en enero de 2017 se registraron 2.001 víctimas mortales. De ellos 645 civiles, entre los que había 138 menores de edad,  según el Observatorio por los Derechos Humanos en Siria) y al menos un millón de heridos. Hay 6,6 millones de desplazados internos y más de 4,3 millones de refugiados. De esos 4,3 millones de refugiados, más del 86% fueron a países como Turquía, Pakistán, Líbano, Irán o Jordania.
Las políticas de la UE no tienen nada que ver con la solución  de los problemas de los ciudadanos ni con los derechos humanos, parece que el único interés político es blindar Europa: ¿Es esta la Europa en la que queremos vivir?

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