domingo, 9 de abril de 2017

A estas alturas aún diciendo: «España nunca fue colonizadora, fue evangelizadora y civilizadora»

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El presidente de Televisión Española, José Antonio Sánchez, el mismo al que un micro abierto le pilló reconociendo, tras dos horas largas compareciendo en el Parlamento, que «menos mal» que cobra bien, ha vuelto a liarla parda. Solo que estaba vez ha sido consciente y en público, con un discurso preparado y pensado, ante la Casa América de Madrid.
«España nunca fue colonizadora, fue evangelizadora y civilizadora»; «lamentar la desaparición del Imperio azteca es como mostrar pesar por la derrota de los nazis en la II Guerra Mundial»; «los pueblos bárbaros cuando han transitado desde la orilla de la esclavitud a la ribera de la libertad lo han hecho tras haber sido civilizados», dijo. Y en México se han enfadado un poquito.
Es difícil no ver tras sus palabras una referencia a los sacrificios humanos realizados por los aztecas, que arrancaban el corazón palpitante de amigos y enemigos. Pero el problema es que no fueron los únicos. Hay pruebas de occisiones rituales en culturas tan diversas como la romana, la griega, la egipcia, la india, la nubia… ¿Por qué entonces existe esa imagen tan arraigada de los mexicas como unos bárbaros sacrifica humanos?
De acuerdo al prestigioso historiador Alfredo López Austin, «España y Portugal debían justificar ante las demás monarquías europeas el privilegio otorgado por el papa Alejandro VI en 1493 para adueñarse del Nuevo Mundo», así que «uno de los argumentos centrales que esgrimieron para legitimar sus conquistas fue el hallazgo de una religión autóctona que tenía entre sus prácticas más reprobables el sacrificio humano y el canibalismo».
Con el paso del tiempo, los que querían seguir atados a España extendieron este estereotipo, mientras los nacionalistas mexicanos lo negaron. Así se dieron dos extremos. A un lado del fiel de la balanza, los aztecas eran unos salvajes que se pasaban el día comiendo corazones y matando gente, Al otro, el periodo prehispánico fue una arcadia feliz donde se dedicaban a estudiar el cielo y los números, siendo los sacrificios humanos una invención de los evangelizadores. Como siempre, ni una cosa ni la otra.
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En el Templo Mayor, en el centro de la ciudad de México, se han encontrado mesas para rituales humanos, cuchillos de obsidiana para sacar corazones y los restos de 126 individuos evidentemente sacrificados, entre ellos 42 niños con enfermedades y 47 cabezas de adultos. También desarrollaron a niveles extremos la astronomía, que la veían como una expresión religiosa; y las matemáticas, con complejo sistema un vigesimal. Estos dos conocimientos se combinaban en los calendarios, que siguen sorprendiendo por su exactitud.
Estudiar a los aztecas y el resto de pueblos mesoamericanos, como en el caso de los celtas, es complicado. En los dos pueblos hay una falta casi total de fuentes primarias. Durante esa labor nunca «colonizadora», sino «evangelizadora y civilizadora», llevada a cabo por la recién unida España, se quemaron los códices y libros por ser muestras de la idolatría de los nativos y destruir sus creencias religiosas.
Hoy, la veintena que quedan está repartida por bibliotecas europeas. Cuatro de ellos se refieren a los aztecas o mexicas, cubriendo aspectos sociales y económicos.
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Se sabe, gracias a los textos que sobrevivieron a la hoguera, que los aztecas creían que el mundo fue destruido cuatro veces hasta que Quetzalcoátl, uno de los dioses principales, dijo basta y creó al hombre, la mujer y el maíz. Su origen mítico es Aztlán, un lugar desconocido, desde donde llegaron al valle de México. Les había convencido Huitzilopochtli, deidad de la guerra y el sol, para buscar un nuevo asentamiento.
De acuerdo a la Enciclopedia Británica, elementos de su tradición sugieren que eran una tribu de cazadores recolectores del norte de México que emigró al sur tras el colapso de los toltecas y se asentó en las islas del lago Texcoco, una de las siete masas de agua que cubrían antes la Ciudad de México. La leyenda dice que vieron, en el lugar donde fundaron de la enorme urbe de Tenochtitlán, un águila subida a un nopal devorando a una serpiente. Ese es hoy el escudo de México.
Mitos al margen, la fundación de la ciudad fue el 13 de marzo de 1325, según la crónica Mexicáyot. Su éxito como ciudad estado se basó en un avanzado sistema de agricultura extensiva, aprovechando toda la tierra posible, y la elaborada irrigación. Como abono usaban fango y excremento de murciélago. A principios del siglo XV formó la Triple Alianza con Texcoco y Tlacopan para dominar una enorme zona, desde Querétaro hasta Oaxaca. Tenochtitlán era la líder de ese acuerdo.
En su cúspide, dominaba, por guerra o comercio, unos seis millones de personas repartidas entre 400 y 500 pequeños estados, teniendo la enorme ciudad de Tenochtitlán casi 150.000 habitantes. Según el libro Historia Mínima de México, en vísperas de la conquista, el valle de México vivía un increíble desarrollo urbano. Los cronistas hablan de grandes aglomeraciones, de mercados populosos y vibrantes, de dos millones de personas repartidos por los diversos núcleos. Cultivaban maíz, frijol, calabaza, chile, tomates prehispánicos… cazaban peces, aves, serpientes, conejos.
Se distinguía entre los pipitlin o nobles y los macehualtin o pueblo común. Los primeros vestían prendas y adornos prohibidos a los segundos, que en el improbable caso de poder pagarse una joya de jade, podían morir si se les ocurría portarla. En el medio estaban los artesanos y los mercaderes. Los guerreros de élite, que se entregaban al combate con un frenesí demencial y solían morir en el campo de batalla o sacrificados por sus enemigos, vivían en los periodos de paz bailando, bebiendo cacao y acostándose con las sacerdotisas. Por supuesto, también existían los tlātlācohtin, los esclavos, que eran o prisioneros de guerra omacehualtin que no habían podido pagar sus deudas.
Lo más parecido a un ascensor social era la batalla, siendo una sociedad estratificada, dirigida por la clase militar y eclesiástica con una base de campesinos, que continuaba su expansión como imperio cuando en 1519 Hernán Cortes y sus 500 soldados fueron bordeando la costa de México hasta llegar a Veracruz, donde fundan la ciudad homónima. En Tenochtitlán se lee su llegada en barcos grandes del tamaño de casas como si fuera la vuelta del dios Quetzalcoátl.
El resto es de sobra conocido. Explotando primero esa confusión divina y luego el odio que los pueblos sojuzgados albergaban contra los aztecas para que se unen a él; ayudado por la Malinche, la superioridad tecnológica europea y una involuntaria arma bacteriológica llamada sarampión-se estima que pudo acabar con tres millones de personas-; Cortes conquista definitivamente Tenochtitlán en 1521 y la derruye, construyendo sobre el templo de Huitzilopochtli la catedral de Ciudad de México.
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«Desde su arribo, los españoles presenciaron múltiples sacrificios humanos realizados por pueblos enemigos, sujetos o aliados de los mexicas y su prolongada estancia en la isla de Tenochtitlan les permitió observar en toda su complejidad las muy variadas ceremonias », escribe el historiador Alfredo López Austin, «esta experiencia y la trascendencia de la derrota de Tenochtitlan en
todo el proceso de conquista, cristalizó en el estereotipo aprovechado por los demás pueblos indígenas para negar su propia tradición y acusaran a los mexicas como los introductores de estos rituales sangrientos en sus territorios».
Puestos a comparar a alguien con los nazis, recordemos que en 1492, fecha mítica de la conclusión de la Reconquista y el Descubrimiento de América, también es cuando sus graciosas Majestades Católicas decretan la expulsión de los judíos. En su defensa, hay que decir que lo único que hicieron comparado con el resto de Europa fue tardar un poco más.
En 1290, Eduardo I de Inglaterra decretó la primera gran expulsión de la Edad Media. Le siguió Francia con cuatro expulsiones en el siglo XIV, Austria en 1421, Parma en 1488, Milán en 1490… es el problema de medir la historia desde el espectro moral creado tras la declaración de Derechos Humanos de 1948. Todo el mundo sale mal parado.
Para saber más:
El sacrificio humano entre los mexicas, Alfredo López Austin y Leonardo López Luján.

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