domingo, 9 de abril de 2017

¡A la calle!

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Por Nandu de Diego
La progresiva perdida de identidad y de contacto con nuestro pasado, así como la represión policial, las nuevas políticas, la falta de autocrítica de la izquierda y la desafección social, vacían las grandes alamedas facilitando el avance del fascismo.
Nandu de Diego
El fenómeno de desmovilización que se está produciendo en estos momentos en el país, comienza a alcanzar cotas preocupantes a pesar de  honrosas excepciones, coincidiendo además con un periodo donde el auge de las corrientes de derechas en el marco estatal, apuntala con firmeza la impunidad del fiel continuismo del franquismo en las instituciones, ante la pasividad cómplice de todos aquellos que acatan su condición de meros espectadores.
Y lo aceptan, asumiendo la imposición de caminar hacia la alienación individual y colectiva por decreto, siendo protagonistas de un proceso circunstancial de pérdida de la identidad y memoria histórica, así como de la progresiva instauración del desarraigo hacia la realidad actual y el diseño y construcción de un proyecto venidero, que ofrezca unas garantías mínimas de poder desarrollarse con eficiencia.
La identidad ha de ser vista como un ente indisoluble de la esencia de la persona y seña de independencia, lo que no impide la creación de un tejido solidario en común que se extienda a través de los pueblos, pese a la constante de presentarla como un concepto sectario. La enajenación como intento de privación de nuestra identidad, representa por tanto el germen de la domesticación de la propia conciencia.
El imperio ha cimentado la estructura de su sistema, sobre una base de  propaganda moralista que condena todo aquello que escapa a su control, haciendo participes de este modo a gran parte de la población que, ajenos al problema, contribuyen “heroicamente” a la persecución de todas nuestras singularidades, ya sean en forma de expresión y comunicación, en las relaciones sociales, en los modelos de vida tradicionales (que bien pudieran ser ejemplo de sostenibilidad e integración, de no ser por las continuas oposiciones de la oligarquía burguesa al desarrollo de estas prácticas), etc…
La creación de nuevos paquetes legislativos de excepción con la represión como telón de fondo y el endurecimiento de las penas, es  otra de las herramientas más utilizadas por el poder para disuadir cualquier atisbo de emponderamiento popular, convirtiendo al ciudadano de a pie en el objeto cotidiano de las iras de las fuerzas de seguridad., y contribuyendo a contrarestar el impulso de las masas que parecía rebrotar significativamente entre los años 2009 y 2014. Observese a modo de ejemplo, que Cantabria es la autonomía donde más sanciones se han tramitado desde la entrada en vigor de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana.
Las “nuevas políticas”, presentadas como supuestas alternativas al discurso caduco e improductivo que imperaba hasta entonces, son utilizadas por las élites a modo de “Caballo de Troya” con el que renovar su imagen sin afectar lo más mínimo a su hegemonía jerárquica. Con ayuda de los medios, han conseguido disuadir a la población más activa del ejercicio de sus derechos, encomendándolos a delegar sus responsabilidades a terceros a través de las urnas, y disfrazando la democracia bajo la amable apariencia de algún sujeto mesiánico cuya retórica introduzcan calculadamente entre la sociedad, a fin de preservar el “estado de las cosas”.
Esto supone uno de los potenciales errores que surgen en la praxis, al anteponer la batalla electoralista en las instituciones a la lucha en la calle, descuidando el contacto directo con la realidad de nuestros convecinos.
Como decía el escritor Rubén Ribero en su obra “Insurrecto”, “creer que el pueblo ha conseguido sus derechos gracias a los políticos, es como creer que la gente dispone de agua gracias a los grifos”.
La teoría dicta que nosotros gobernamos, y quienes dicen representarnos tan solo deben actuar como altavoz de nuestros deseos para que una red de organismos asépticos e imparciales los ejecute. Desafortunadamente, parecemos haber olvidado en quien debe recaer la toma de decisiones que nos afecten directa e indirectamente , y hemos cedido terreno en las conquistas logradas con anterioridad, en vez de aumentar la intensidad en la reivindicación de nuestros espacios como se intuía pertinente.
La indignación y la rabia canalizada multitudinariamente en las vías públicas, han dado paso a una amalgama de causas aisladas, condenadas a quedar reducidas a un par de textos mensuales en Internet, a la espera de ser leidos por alguna entidad con suficiente autoridad e interés para cambiar el curso de los acontecimientos.
Mientras tanto los autodenominados “adalides de la moderación”, fomentan en un parlamento cada vez más desacreditado la extinción del pensamiento libre y la conciencia de clase, dejando pasar de refilón aquellos temas más controvertidos, que puedan repercutirlos disminuyendo el número de fieles o medios en las siguientes elecciones, y condenando por ende tales conductas. No son sino nuevos políticos, enquistados en los viejos hábitos del rédito parlamentario.
El tiempo se escapa tratando de jugar una partida amañada de antemano, con las reglas de un régimen difícilmente mutable desde dentro, poseedor de una coraza (metafórica) que le permite pertrecharse contra las agresiones externas, cuya constancia se ve mermada ante la falta de éxito en la consecución de objetivos, lo que provoca la irremediable inhibición del individuo.
La derecha ha sabido utilizar sus cartas para transformar el descontento generalizado en una insondable sensación de miedo y  sumisión,  imponiendo sus tendencias conservadoras ante una izquierda que parece vivir de rentas, incapaz de articular una respuesta digna para combatir la resignación, y sin musculo para aglutinar un amplio espectro de posturas que conduzcan hacia la unidad popular.
La brutalidad de la crisis económica sin embargo, sigue recayendo por igual sobre amplios sectores civiles, con dificultad o imposibilidad para acceder a los recursos básicos necesarios, monopolizados por auténticos mafiosos, que viven cómodos en un clima de lo que algunos coincidieron en denominar “desafección social”.
Dicha desafección, entendida como una sensación subjetiva de falta de confianza en la clase política, y de deterioro en las relaciones entre la ciudadanía y sus representantes, nos sirve para argumentar el abandono de nuestro lugar en la historia.
Palabras como asamblearismo, transparencia, horizontalidad, respeto, se desvirtúan y sirven para confundir a las diferentes sensibilidades necesitadas de su ración de demagogia, que oculta la falta de coraje de ambas partes.
Ahora curiosamente,  los mismos que vaciaron desde sus poltronas las grandes alamedas por donde paseaban hombres y mujeres libres, los mismos que pusieron freno a la revolución amparados por la consigna de asaltar las instituciones para conseguir el ¿cambio?, nos alientan al activismo desorganizado e improvisado como medida urgente para recuperar su credibilidad.
Pero…Quizás ya sea demasiado tarde para volver a ver las calles ardiendo otra vez… ¿o no?

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