martes, 25 de abril de 2017

Esperanza Aguirre. La lideresa que no se enteraba de nada

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Llegó a la presidencia de Madrid con el tamayazo y se va por el escándalo de Ignacio González


 
MADRID / LA VOZ 
La gran superviviente de la política madrileña y española, la lideresa que parecía incombustible, capaz de resistir todo lo imaginable, no tenía escapatoria. Su carrera política estaba acabada una vez que el juez Eloy Velasco puso negro sobre blanco que el hombre al que designó como sucesor era en realidad el jefe de una organización criminal dedicada a saquear las arcas públicas. Después de dos dimisiones, en el 2012 como presidenta de la comunidad, alegando razones personales, y en el 2016 al frente del PP regional, que no supusieron su marcha de la política, Esperanza Aguirre y Gil de Biedma (Madrid, 1952) se va de forma definitiva.
Llegó a la presidencia de la Comunidad de Madrid gracias al tamayazo, la espantada de dos diputados socialistas que hizo que se repitieran las elecciones y las ganara. Gobernó con mano de hierro la comunidad autónoma (2003-12) y el PP regional (2004-16), exigiendo lealtad absoluta a sus colaboradores y con la red de seguridad que le aseguraban los medios afines, encabezados por una Telemadrid a su servicio.
Dos ranas
Aseguró con su desparpajo habitual que en sus 35 años de carrera política había nombrado a más de 500 cargos y solo dos le habían salido rana. Pero la charca estaba repleta y en ella chapoteaba el batracio mayor, su hombre de máxima confianza, una creación política de su cosecha, el siempre fiel Ignacio, cuyo comportamiento había calificado de intachable cuando ya había más que indicios de su enriquecimiento ilícito y por el que puso la mano en el fuego. Desde luego, la empresa que la contrató como cazatalentos tras una de sus dimisiones no tuvo buen ojo.
«Es difícil que si se le pone algo entre ceja y ceja, no lo consiga; de inmediato busca los medios para lograrlo», escribe la periodista Virginia Drake en su biografía autorizada La presidenta, en la que Aguirre decía que no llegaba a fin de mes porque gastaba mucho en calentar su mansión. Fue ministra de Educación y Cultura (1996-1999) y rompió techos de cristal al convertirse en la primera presidenta de una comunidad autónoma y de una Cámara legislativa, el Senado.
Pero hubo dos cargos que se le resistieron: ser la primera mujer presidenta del Gobierno, su auténtica obsesión desde hacía años, para lo que tenía que matar a Rajoy, y culminar su larga carrera como alcaldesa de Madrid. La lideresa fue la principal enemiga interna de Rajoy durante años, pero en el 2008 no se atrevió a desafiarle en el congreso de Valencia porque no tenía apoyos suficientes. En todo caso, siguió sacando su látigo crítico cada vez que veía la ocasión. En el 2015, sin embargo, Rajoy cedió a su presión y la nombró candidata a la alcaldía, a pesar de que un año antes había protagonizado un incidente al aparcar en un carril bus de la Gran Vía y huir llevándose por delante una moto de un agente de movilidad. Fue la más votada, pero Manuela Carmena, a la que dio alas al colocarla como foco de sus críticas en la campaña, se convirtió en regidora. Pese al fiasco, se aferró al cargo de portavoz del grupo popular en el Ayuntamiento.
Siempre se ha declarado liberal - «Juana de Arco liberal», la bautizó su amigo Mario Vargas Llosa- y, siendo aún presidenta, pontificó que se tenían que «terminar los subsidios, las subvenciones y las mamandurrias». Mientras, su mano derecha, Ignacio González, y la izquierda, Francisco Granados, se forraban a costa del erario público. El saqueo de una empresa pública como el Canal de Isabel II ejemplifica la contradicción entre su discurso político y los hechos. Su línea de defensa ha sido irreductible: no se enteró de nada, pese a que era sabido que controlaba todos los resortes del poder de la comunidad y el PP de Madrid. Y aunque los indicios sobre las actividades ilegales de ambos eran apabullantes. Incluso nombró a González como sucesor cuando ya había estallado el escándalo de su ático de Marbella.
En su declaración el pasado jueves como testigo en el caso Gürtel llegó a decir que Alberto López Viejo, que fue su consejero durante años, no era un hombre de su confianza, sino del PP nacional, lo que suponía su penúltima pulla a Rajoy, al que ayer le arreó otro mandoble al decir que la responsabilidad va más allá de la judicial y debe ser asumida por todos. En su comparecencia judicial reiteró que fue ella quien destapó la trama Gürtel, una muestra de su descaro para tratar de volver los hechos más negros a su favor.
Thatcher castiza
Dura, tenaz, ambiciosa, luchadora, exigente, orgullosa, populista, prepotente, de lágrima fácil (algunos dicen que forzada), representante del ala más derechista del PP en lo político y ultraliberal en lo económico, lo que la convertía en una especie de Margaret Thatcher castiza de andar por casa, azote de Rajoy, enemiga íntima de Alberto Ruiz Gallardón, máquina de ganar elecciones (a las que ahora sabemos que iba dopada), su gestión quedará marcada por el saqueo de Madrid de las tramas Gürtel, Púnica y Lezo encabezadas por sus máximos colaboradores. Ni en sus peores pesadillas pudo pensar que, a sus 65 años, un símbolo del PP como era ella se iría en medio de grandes escándalos de corrupción, sola y abandonada por su propio partido.

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