miércoles, 17 de mayo de 2017

Empapelados por cantar: también los polis tienen la piel fina


Los policías de Madrid usaron las prerrogativas de la mordaza para cascar una denuncia a unos músicos que se limitaban a protestar contra la autoridad

Foto: La banda catalana Émbolo, en su concierto en San Isidro. (Facebook)
La banda catalana Émbolo, en su concierto en San Isidro. (Facebook)
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Breve descripción de los hechos. Exterior noche. Conciertos de San Isidro en Madrid. A un grupo de —muy respetables, muy leales y fidelísimos— agentes de la Policía Municipal de Madrid les disgusta el concierto de Émbolo, uno de los dúos de trap que arrullan las orejas del respetable en los festejos de San Isidro. Según me cuenta el cantante por teléfono, durante la actuación “empezaron a aparecer uniformados como hongos y a poner unas caras muy raras”. La cosa se puso peor después del bolo, cuando gente de la organización se acercó a los músicos y les dijo: “Esta actuación fatal, la poli se ha quejado”.
La primera pregunta pertinente: ¿los —muy respetables, muy leales y fidelísimos— agentes de la Policía Municipal de Madrid ejercen ahora como críticos musicales? ¿Dispondremos pronto de una lista de éxitos, algo como Los 40 Enchironables? Trato de contactar con el departamento de crítica discográfica de la policía pero me informan de que esta división no existe. Pregunto a un amigo munipa y su respuesta le obliga a permanecer en el anonimato: “En el cuerpo, como en todas partes, tenemos nuestra buena remesa de gilip...”. Doy por hecho, pues, que lo que ha ocurrido con Émbolo es una anomalía. Pero los hechos se precipitan como sucede en todas las malas novelas policíacas.
Tras el concierto y las inquietantes palabras de la organización, los chicos de Émbolo salen de los camerinos con la firme intención de disfrutar del resto de los conciertos. Notan entonces que la —muy respetable, muy leal y fidelísima— policía se les pega. Allá donde van, aparecen las gorras, y no les quitan ojo de encima. “Le dije al 'dj': tío, esto se está pudriendo, los pavos nos están metiendo una fichada de la hostia”. ¿Paranoia? ¿Desconfianza injustificada hacia los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado? No.
“Me voy a los camerinos con una pava —el cantante no explica qué se proponía hacer en los camerinos con una pava— y entonces irrumpe una manada de secretas, con sudaderas y capuchas, camuflados. Me piden la documentación”. La maniobra es hábil porque en los camerinos se ahorran el escándalo, allí no se entera nadie. “Me identifican y me dicen que nos van a denunciar por ofensas a la autoridad. Intento hablarle al tipo, todo de buenas maneras. Le pregunto qué parte del 'show' les ha ofendido, porque es una hora de lírica y no sé cuál ha sido exactamente la que ha herido la sensibilidad de la poli”.
No recibe respuesta. La secreta y sus secretos. Así que los Émbolo quedan amenazados con una denuncia policial y ni siquiera saben por qué. Todo esto es portentoso y me recuerda al final de 'Blues Brothers', la película de John Landis, y particularmente a la escena donde los hermanos Jake y Elwood, tras su viaje a toda velocidad por las carreteras de Illinois, congregan a un público fervoroso entre el que destacan las gorras y los fusiles de los policías que esperan al final para meterlos en chirona.
Las canciones de Émbolo son como manda el canon del hip-hop y el trap: cerdas, marrulleras, brutales, humorísticas y líricas. Lo mismo se cagan en Endesa, como en su último tema, que denuncia la pobreza energética, que sueltan unas rimas marranas sobre la Infanta y la madre que la parió. La música canaliza la rebeldía. La música ha evitado muchos atentados terroristas. Pero con los últimos cambios legales, que confunden maliciosamente la palabra con el acto, a los Émbolo les puede caer la del pulpo.
Como el lector sabe, la ley mordaza persigue supuestas ofensas contra la Policía, que van desde hacerles una foto cuando están descargando amablemente la porra sobre un manifestante, a corear eso de "mucha policía, poca diversión". Si a los —muy respetables, muy leales y fidelísimos— guardias de la Policía Municipal de Madrid no les gustaba que una pareja de cafres soltaran rimas desde un escenario, ¿por qué se quedaron?
La hipersensibilidad y el gusto por la ofensa ya no son patrimonio de patriotas varios, pueblerinos todos y demás colectivistas de boquilla. Ha llegado al extremo de que los curtidos policías, de fama recia, notan bajo los uniformes ese escozor característico del adelgace de piel. Los de Madrid usaron las prerrogativas de la mordaza para cascar una denuncia a unos músicos que se limitaban a protestar contra la autoridad.
El trabajo de un músico hip-hop es precisamente ese, de la misma forma que el de la policía es velar por la seguridad en conciertos y actos públicos. Si la intención de los agentes era amedrentar a los artistas, lo único que han conseguido es provocar al personal. Por ejemplo a este columnista, que ha tenido que morderse los dedos para no escribir las cosas ofensivas que se me ocurren —franquismo, censura, etc.— cuando la policía olvida su trabajo y ejerce de crítico musical.

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