viernes, 5 de mayo de 2017

Un mexicano en su quinta deportación: "Pienso volver"


Antonio Martínez-Arreguín fue arrestado en su último intento de cruzar la frontera y dos meses después, ICE lo deportó. Ahora, se debate entre volver a EEUU, donde tiene a su madre, sus hermanas y un hijo, o rehacer su vida en Tijuana con el resto de su familia.

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Acompañamos a un mexicano al que deportan por quinta vez Univision
TIJUANA, México.- Antonio Martínez-Arreguín baja con dificultad de la camioneta Dodge Grand Caravan del Departamento de Seguridad Nacional (DHS). Una cadena lo amarra desde su cintura y termina con unas esposas en sus manos. Está viviendo su quinta deportación y aún así, advierte frente a los agentes migratorios: “Pienso volver”.
Su compañero de expulsión, también mexicano y esposado, viste una camisa en la que se lee, en letras grandes, ‘American fighter’ (luchador americano), pero esta vez perdió esa batalla. Ambos caminan y suenan las cadenas. Van dejando Estados Unidos desde San Diego, apenas con lo que llevan puesto.
“Estos no son buenos seres humanos”, opina un funcionario del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) que participa en el proceso, sin dar argumentos.
De inmediato, otros dos agentes de ICE con contextura de guardaespaldas abren la imponente puerta que lleva a los deportados a la franja de espera, una especie de jaula al aire entre los dos países. Rechina la puerta. Los hombres avanzan. Ahora solo falta que México los reciba. Pasan cinco, 10, 15 minutos de impaciencia con la mirada cabizbaja contra la oxidada verja que comparten ambos países. Los oficiales –uno detrás de cada cual– los vigilan, firmes, inmóviles.
EN FOTOS: Una deportación de ICE, paso a paso

Cuando México abre la reja, ya Antonio no mira atrás. Se ríe –como nervioso–, le quitan las esposas, un funcionario de su país les pregunta su nombre, edad, por su salud y si es mexicano. Luego lo invita a cruzar la puerta y comienza la aventura.

LA CAÍDA EN TIJUANA

Han pasado apenas minutos de que Antonio, un hombre de 51 años, salió desde la garita Internacional El Chaparral hacia la calle del Puente México, en Tijuana, tras su deportación. No para de dar vueltas en el mismo punto, intentando ubicarse en ese México que parece estar viendo por primera vez. “Tenía mucho tiempo que no venía por esta calle, ya no me acuerdo de nada”, dice. “No sé ni para dónde agarrar”.
Para arrancar su nueva vida solo tiene lo que trae puesto: unas botas sin trenzas, pues inmigración se las quitó en Estados Unidos; una franela azul con el cuello estirado y unos pantalones negros envejecidos. La misma ropa con la que lo detuvieron hace dos meses. Y entre manos tiene un sobre que le entregó el Instituto Nacional de Migración mexicano al abrirle la puerta y que debe cuidar como un tesoro.
En sus manos, Antonio Martínez-Arreguín lleva el sobre en el que el Serv...
En sus manos, Antonio Martínez-Arreguín lleva el sobre en el que el Servicio de Migración de México le entregó su documento de identificación temporal, que asegura podría necesitar para demostrar que es mexicano si lo detiene la policía. 
En él va una “constancia de recepción de mexicanos repatriados” que le sirve, hasta que pueda tramitar sus documentos, para identificarse como ciudadano de ese país. Y engrapada lleva también una póliza de seguros, que le provee asistencia y medicinas por los tres años siguientes a su repatriación, es decir, hasta el 14 de marzo de 2020. No hay nada más, ni billetes ni ayuda económica para al menos pagar el traslado a algún lugar en el que dormir esa primera noche. Tampoco está entre sus planes buscar un refugio. A las 5:00 pm, cuando el sol comienza a apagarse y el cielo se torna gris, su mente preocupada solo le ordena llegar hasta la casa de algún familiar… si es que la consigue.
“Ahorita me voy caminando hasta donde un primo que vive en Azteca”, dice Antonio. “Antes te daban la mitad del pasaje para que te fueras a tu pueblo”, agrega mientras da pasos en falso para emprender en la caminata de al menos tres horas y media que debe andar para llegar a su primer destino, uno que consideró incluso desde la prisión.
La frontera vista desde el lado de Tijuana, México.
La frontera vista desde el lado de Tijuana, México. 
Los 60 días anteriores, este mexicano estuvo detenido en la celda 1166, asegura, del Centro Correccional Metropolitano de California, cumpliendo su condena por haber entrado ilegalmente a Estados Unidos. “Su deportación del miércoles estuvo fundamentada en una orden previa fijada por un juez de inmigración en 1996”, se lee en el reporte de ICE. “Martínez-Arreguín ha entrado ilegalmente a Estados Unidos en distintas ocasiones desde 1996”, agregan.
Y sí. Antonio tiene una vida hecha en la céntrica ciudad de Fresno, en California. Cruzó por primera vez a Estados Unidos cuando apenas tenía 12 años “para mejorar porque la pobreza estaba muy dura en México”, cuenta. Con el tiempo, allá se establecieron su madre, sus hermanas, su segunda esposa y nació uno de sus hijos. Allá trabajó en el campo, en las deshidratadoras de frutas de San Joaquín, donde le pagaban unos 1,000 dólares a la semana. También aprendió a empacar melón, pepino, limón, ajonjolí.
“Una revisión de sus archivos criminales revela que Martínez Arreguín tiene dos condenas por delitos graves de droga en 1991 y 1993”, refiere el informe de ICE. La primera vez, en 1991, una corte estatal lo sentenció a 180 días en prisión y 60 meses de libertad condicional. Su segunda acusación rompió ese beneficio y lo dejó por cuatro años más en una prisión.
Así fue su vida en Estados Unidos y por sus errores, le echa la culpa a su desbocada juventud: “No sabía lo que hacía o decía”, se recrimina a sí mismo.
Antonio Martínez-Arreguín tiene un tatuaje con una virgen y el nombre de...
Antonio Martínez-Arreguín tiene un tatuaje con una virgen y el nombre de una de sus hijas en el brazo derecho. Lo enseña orgulloso después de la deportación. 
Pero ahora solo le queda México, las tres horas y media para llegar a casa de su primo, una noche de pausa; un camino en taxi y luego en autobús al día siguiente para aparecer en la casa de una de sus hijas –y de su primera esposa que no quiere ni verlo. Allí no podrá dormir, pero al menos podrá demostrarle a Yasmín, Yumaira y Nayele, sus hijas, que está bien, que sí, que estuvo dos meses desaparecido –desde el 15 de enero de 2017– en la prisión y sin poderlas llamar porque su mente, traicionera, no le permitió recordar el teléfono de nadie.

“YO LA LLAMO EL MONSTRUO”

Antonio tiene una colección de estrategias para cruzar desde México a Estados Unidos.
Antes, asegura, lograba hacerlo sin percances en autobús desde Tijuana y tomando un tren hasta Santa Ana. “Así, si me llegaban a agarrar solo perdía 7 dólares, que es lo que cuesta el tren”. También usó polleros a los que le pagó hasta 300 dólares.
Su último cruce fue en enero de 2017. Intentó pasar solo de Tijuana hasta Fresno tras visitar a sus hijas. Pero se topó con ‘el monstruo’, como bautizó a la árida montaña que hay que domar para entrar a Estados Unidos.
“Es muy peligrosa. Puede haber víboras, tarántulas. Puedes gritar, chiflar, hacer lo que quieras, pero nadie te va a oír”.
Justo esa última vez no lo logró. Quedó vencido por la sed y el cansancio, como le pasa a muchos, y lo detuvieron.
El agente de la Patrulla Fronteriza Payam Tanaomi explica a Univision Noticias desde esa montaña que hay ocasiones en las que en vez de arrestar a los indocumentados, “llegamos a rescatarlos” por lo duro que pueden ser el terreno y el clima. A Antonio, esa vez, lo rescataron.
Sin embargo, algunos, como Antonio, insisten en cruzar la dura cima aprovechando que la neblina los cubre.
Patrullando el punto más fortificado de la frontera con México Univision
   

Tanaomi confirma que la niebla es aprovechada por los indocumentados para ocultarse de las autoridades mientras saltan en algún punto de las 46 millas de valla primaria y corren hacia la segunda pared metálica de 18 pies de alto (casi 5 metros y medio). Esa capa espesa les permite –en algunos casos– no ser vistos mientras anclan una escalera para saltar el muro o cuando cortan el acero utilizando un soplete y abren un hueco en algún punto de sus 11 millas para colarse en Estados Unidos.
Pero el agente fronterizo asegura que la niebla también disminuye la visión en un terreno que ya tiene suficientes obstáculos. Y esa es una de las desventajas.
Una vendedora ambulante a pocos metros de la frontera en Tijuana un día...
Una vendedora ambulante a pocos metros de la frontera en Tijuana un día de niebla. Los días de niebla incrementan los intentos de cruce a Estados Unidos. 
El paso Tijuana-San Diego es el puerto de entrada más concurrido del hemisferio occidental: hubo 37,358,131 cruces legales de un lado al otro entre octubre de 2016 y marzo de 2017, según la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por su sigla en inglés).
Sin embargo, lo que pasa en las sombras es menos conocido. No existen estimaciones de cuántas personas indocumentadas intentan cruzar cada día, pero sí de cuántas son arrestadas. En esa primera parte del año fiscal, CBP contabilizó 2,293 detenciones de familias de inmigrantes, 117% más que las realizadas en el mismo periodo del año anterior. Tampoco es una de las fronteras en las que ocurren más arrestos si se le compara con el sector del Valle del Río Grande, por ejemplo, donde en el mismo margen de tiempo fueron detenidas más de 39,000 familias.
Los faros de una camioneta de la Patrulla Fronteriza alumbran desde Esta...
Los faros de una camioneta de la Patrulla Fronteriza alumbran desde Estados Unidos a México, a través de la valla. 

Tanaomi lo atribuye a una mezcla de tecnología, con sensores de movimiento en tramos de la frontera; a una infraestructura con doble muro y al patrullaje. Aún con todos los avances, en un día ocupado más de 100 personas intentan burlar los controles, saltan la barda y son detenidas.

“LO DÁBAMOS POR MUERTO”

El día siguiente a su deportación, Antonio llegó a la puerta de casa de su hija Yazmín, de 19 años. Golpeó. Nadie lo esperaba.
“Estábamos desayunando y mi amiga abrió la puerta”, recuerda la joven, que lo escolta a un lado. “Todos gritábamos. Mi amiga le decía: ‘Lo dábamos por muerto’. Yo le decía: ‘¡No digas eso!’. Lo abrazamos y nos alegramos porque nos imaginábamos lo peor”.
Antonio Martínez-Arreguín, sonriente el día después de su llegada deport...
Antonio Martínez-Arreguín, sonriente el día después de su llegada deportado a Tijuana, posa en frente de la casa de una de sus hijas y su exesposa. 
Antonio la escucha y se ríe. Lleva en una carpeta –a la que se aferra– todos los papeles que lo identifican como mexicano: una copia envejecida de su credencial de elector; su acta de nacimiento, que describe como lo más importante que tiene después de sus hijos; su cartilla de servicio militar del año 92; “y aquí está el papel que no sirve”, dice y muestra el documento que le entregaron en el Servicio de Inmigración mexicano, que también arrumó entre los papeles. Lleva incluso el acta del funeral de su padre que murió en octubre.
Ya no está tan seguro de que volver sea la mejor idea… aunque no la descarta. Más temprano, esa mañana, inició el proceso para que el gobierno le pague una pensión y le renueve una identificación que le permita buscar un empleo –su prioridad actual– para poder rentar un espacio propio. En el camino arrancó algunas ofertas de trabajo que encontró por la calle.
La montaña con doble valla por la que cruzará Antonio a la altura de la...
La montaña con doble valla por la que cruzará Antonio a la altura de la Colonia Nido de Las Águilas, vista desde San Diego, Estados Unidos. 
“Yo ahora soy muy diferente”, reflexiona. “Me mortifico mucho. Antes no valoraba lo que tenía, ahora sí. Porque tienes que saber valorar desde tus hijos, tus esposas, tus hermanas, tus hijos”.
Sentado en el terreno que rodea la casa donde vive su hija Yazmín, vigila al “monstruo”, esa montaña que lo separa de Estados Unidos y que no quiere olvidar. “¿Ves allá? Ese es el Nido del Aguila”, repasa sus recuerdos. “Yo duermo donde están esas antenas”, un poco más a la derecha. “Yo sé cuándo se puede cruzar la frontera: cuando el helicóptero no anda arriba ni hay muchas unidades de inmigración”.
Su hija solo espera que Antonio desista de la idea de volver a cruzar, que con esta última deportación haya escarmentado. “Yo no cruzaría. No me gustaría visitar allá”, le replica, como buscando convencerlo.
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